Las Provincias

POPULISMO FUTBOLERO

Antes de Trump y de Iglesias, de Farage y de Beppe Grillo, de Marine Le Pen y de todos los demagogos de izquierdas o de derechas que pueblan el planeta Tierra, el mundo del fútbol -del fútbol español- conoció personajes del mismo perfil, cortados por el mismo patrón, ¿o es que ya no se acuerdan del mítico doctor Cabeza, de Jesús Gil, que luego dio el salto a la política y de ahí a la cárcel, y de Joan Gaspart, que se definía a sí mismo como «un boixo noi disfrazado de directivo»? Como los políticos que ahora prometen soluciones sencillas para problemas complejos (un muro contra la inmigración, proteccionismo frente a la globalización, una renta mínima garantizada frente a la pérdida progresiva de empleos), aquellos presidentes adoptaban idéntico papel de mesías, de líderes que guían a un pueblo que obedece ciegamente sus designios, por absurdos e irrealizables que nos parezcan al común de los mortales. En el Valencia, por si alguien lo dudaba, el populismo siempre ha tenido mucho predicamento. Conviene no olvidar al Paco Roig de sus inicios, el que garantizaba un equipo campeón y el que con el arquitecto Paco Nebot se fue un día a presentarle al Ayuntamiento los planes para reformar Mestalla y rodearlo de un «Empire State», que al final ya sabemos en qué quedó. O al Juan Soler que presentó a bombo y platillo ante lo más granado de la sociedad valenciana la maqueta para hacer «el mejor estadio del mundo», no de España, no, ni de Europa, qué va, del mundo, 75.000 almas en la avenida de las Cortes Valencianas, que tampoco creo que haga falta que les recuerde el trágico final de lo que parecía una historia destinada a acabar bien, con el chico guapo y la chica aún más guapa casándose, cuando en las películas los protagonistas se casaban, con su corte de damas de honor vestidas todas igual, en tonos pastel y con un lazo en el pelo. Y ya más cercano en el tiempo, la cuota populista la representó a la perfección un Amadeo Salvo que no dudaba en rodearse de la afición («la gente», que diría Iglesias) cada vez que amenazaba tormenta, o yo o el caos, y luego, o el señor Lim o el desastre. El fútbol es terreno abonado para este tipo de personajes, permanentemente rodeados de su guardia de corps. Lenguaje directo, faltón cuando toca, dirigido a tocar la fibra sensible, mentiroso casi siempre, trufado de promesas que nunca se cumplen. En lugar de populistas de medio pelo yo quisiera para el Valencia un gestor que le dijera a la hinchada la verdad, esto es lo que hay, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades porque hemos gestionado mal, y ahora hay que pagarlo, así que viene una larga travesía por el desierto, sin títulos, sin Champions, sin nada de nada, pero eso, por supuesto, no es lo que quieren oír los aficionados.