Las Provincias

EL NIÑO Y EL DINOSAURIO

Creo que con el monstruo de Bayona metido en el subconsciente, busqué por mis bolsillos palabras y saqué un puñadito de ellas: diplodocus, escuela, crío. (Todas muy al estilo de la película). Con ellas, me fui a donde sestea el lenguaje y nació una historia -si a esto se le puede llamar historia- de un pequeño que soñaba con que un día los dinosaurios llegaban y se lo llevaban.

«Quiero subirme a lo más alto de tu cabeza», le dijo el crío a un diplodocus que tenía el cuello tan largo que, de tanto en tanto, tonteaba con la Luna. «Hola Superluna», decía el otro día el animalejo, mientras el niño soñador reía a carcajadas sobre su cabezota, acartonada y dura como sólo la tienen los dinosaurios. El crío, que tendría unos once años, soñaba con esas cosas porque en clase, los de los pupitres de al lado, le ignoraban. Bueno, él no lo cuenta pero sí que le hacían caso. Para humillarlo.

El pequeño soñador calla porque de lo contrario recibe palos. Los del pupitre de al lado suelen insultar al niño porque tiene la piel distinta, porque sus bocadillos son enanos, porque habla entre cortado y siempre está como volando. «De eso no hablo», le dijo al diplodocus cuando le animó a denunciarlo. «A ti te lo cuento pero calla», le susurró allí arriba sobre su cabeza. «El otro día me dijeron que mi madre era mala puta; que me iba a abandonar y que tengo la piel oscura porque soy de una tribu de majaras; me dan collejas pero yo corro, y me escapo», le confesó al dinosaurio. «Yo prefiero estar a tu lado», exclamó rodeando con sus brazos diminutos uno de los ojos del animal. «Si quieres les asustamos», le propuso desafiante el dinosaurio. «¿Tú harías eso? Si tú eres bueno», le preguntó el pequeño. Metido en su sueño, un día al salir de clase, cuando la panda de los del pupitre de al lado iban detrás del crío azuzándole, se apareció ante ellos el imposible animalejo. Los chavales, al verlo, palidecieron, salieron corriendo, gritando. «¡No os acerquéis más a mi amigo!», exclamó enfurecido a la pandilla de menores desalmados. «Grabarlo ahora con vuestros móviles, desgraciados», gritaba el crío. «Grabarlo y enseñarlo», chillaba mientras se despertaba sobresaltado en la cama. Su madre le acariciaba. «¿Qué te pasa? Tranquilo», le intentaba consolar. «Nada, no me pasa nada», murmuró el pequeño. «Es sólo una pesadilla».

Esa mañana se marchó a la escuela como siempre. Con la cabeza baja. Se sentó en su pupitre y soportó todo tipo de amenazas. En la hora del patio, mientras le gritaban «nenaza», el soñaba en una esquina. «¿Me llevas hasta la Luna», le pedía a su amigo del cuello largo. Yo busqué por los bolsillos palabras. Me salió: angustia. «Tenemos que hacer algo», le dije al diplodocus. Mientras el pequeño le besaba. Le besaba y lloraba.