Las Provincias

CALLE DEL TURIA, CALLE DE PINTORES

La calle del Turia no tiene casi nada de particular. Si acaso, que es clave para conocer la barriada de Quart-Botànic. Y que nace en la calle de Lepanto para desembocar en la Pechina, después de haber cruzado Borrull, Quart y Sanchis Bergón. O sea que tiene tres comisiones falleras como tres soles, y eso porque los de Lepanto plantan junto a Guillem de Castro, que si no serían cuatro fallas para 79 portales, que ya es.

No es una calle ancha, pero tampoco es estrecha. Construida entre los veinte y los cuarenta, tiene aún edificios con gracia y no está muy desfigurada. Aunque perdió, eso sí, una interesante construcción con forma de palacete flanqueado por torreones con chapiteles de tejas azules; allí tenía su industria y su casa un notable fabricante de lámparas, el señor Colomer, cuyo coche, negro y de buen ver, fue el único que aguantó imperturbable la subida del agua de la riada de octubre de 1957.

Calle de clases medias, de talleres y bares, con lechería y casa de mudanzas, la calle del Turia tenía, y tiene, una característica especial: la hilera de casas de los números impares, en la que estuvo aquel bendito cine Turia que trajo el cinemascope al barrio, daba en sus traseras al envidiable paisaje del Jardín Botánico. En una de esas casas vivía la respetable celebridad del barrio, el señor Ombuena, director de este periódico. Y casi debajo mismo, en una planta baja, estaba ubicado el que llamaríamos 'misterio' o secreto del barrio: el estudio de unos jóvenes y raros artistas, conocidos como 'els pintors'. Que luego supimos que no eran otros que los del mundialmente reconocido Equipo Crónica: Rafael Solbes, Manolo Valdés y Juan Antonio Toledo, este último desgajado pronto del colectivo.

Los sesenta estaban dando paso a los setenta y los adolescentes del barrio jugábamos al misterio intentando otear el interior del estudio a través de puertas entreabiertas en las mañanas de carga y descarga. Podíamos entrever obras diferentes a lo convencional, cachivaches de artista de todo tipo, colores brillantes y, alguna rara vez, composiciones que parecían arrebatadas a los populares tebeos del kiosco. Intuíamos que allí, discretamente, se gestaba otro tipo de vocación artística; y que incluso los pintores eran centro de concordia y reunión de afinidades que iban más allá del arte y traspasaban la puerta habitual de la profesión: la protesta.

«Laberinto mágico mediado de ágora conspirativa», escribió años después, en su libro 'La ardilla de Braque', el agudo crítico José Francisco Yvars. Entre los muy asiduos estaba Tomás Llorens, animador de los foros artísticos de una Valencia que se desentendía, cada día con voz más alta, de los postulados artísticos, y sobre todo políticos, de la España sin libertades. El estudio del número 51 de la calle del Turia, lo vemos ahora en la gran exposición antológica de la Fundación Bancaja, a través de las fotos de Paco Alberola, era lugar de encuentro de la conspiración de las artes que creció desde los primeros guiños e insurrecciones de la Estampa Popular.

¿Teixidor tuvo también su estudio en la zona? ¿Como ha escrito López Gradolí, iban los artistas a alimentar su rabia con los suculentos bocadillos del Bar Alcublas de la calle de Borrull? Sabemos por distintos testimonios que el pintor Anzo, José Iranzo Almonacid, estudió en los Escolapios, fue vecino del barrio y tuvo su estudio también en la calle del Turia. Y conforme pasa el tiempo se deja saber que la artista Carmen Calvo nació en el número 45 de la calle del Turia, marchó en el año de la riada pero regresó cerca del 2000 en busca de uno de los luminosos estudios de las plantas bajas de la misma calle.

El «misteri dels pintors»: Rosa Torres, Rafa Gassent, Oliver, Toledo, Anzo... juntos en una tertulia en la que estaba también el buen amigo Rafa Mari. Si llego a saberlo... entro y pido asilo artístico.