Las Provincias

El síndrome de Jaimito

Yo también iría al Congreso con camisetas al estilo Cañamero. En lugar de declarar no haber votado al Rey, la mía diría: 'Yo no he renunciado a la soberanía'. Y, como los jugadores de fútbol cuando meten gol, la mostraría recorriendo el hemiciclo cada vez que los independentistas exigieran marcharse de España. Otra podría decir 'yo no he votado república' y la exhibiría en el balcón del Ayuntamiento de Valencia o en las manifestaciones en las que se muestra como la bandera vigente en España. Hay muchas cosas de la vida política que no comparto, no me gustan y me hacen sentir ajena, pero la democracia consiste en hallar vías pacíficas de solución, cambio y convivencia, discusión y negociación. Los buenos modales tienen sus límites, sin duda, y caen a veces en la mera farsa hipócrita pero proporcionan también modos pacíficos de relacionarnos: saludar, dar las gracias o pedir por favor no son necesarios ni obligatorios y para muchos pueden ser considerados rémoras del pasado, sin embargo, de pequeños nos enseñan a usarlos porque facilitan la vida en sociedad. Por todo eso, recibir al rey con una camiseta-bofetada, con una bandera de la república o sin ponerse en pie ni aplaudir puede tener su sentido y su papel. A los cinco años. Y, a esa edad, se nos perdona todo, incluso a Froilán.

A los cinco años, la única forma de llamar la atención de los mayores es hacer alguna trastada pues los niños buenos no se salen con la suya. Obedecen y punto. En cambio los díscolos son los líderes, los guays, los que se sienten admirados por los demás niños gracias a su atrevimiento. Eso es lo malo de las actitudes que vimos ayer en el Congreso: no pretenden cambiar las cosas sino hacerse notar y presentarse como gallitos ante los propios.

Los diputados que en lugar de presentar un proyecto serio de transformación política se ponen una camiseta, sufren el sindrome de Jaimito, el niño pícaro y respondón que nos hace reír. A esa edad queda bien la travesura pero en los adultos resulta impropia. Algunos se han empeñado en infantilizar las Cortes con una resistencia a madurar que resulta ya preocupante. Ni Peter Pan en días ñoños. A los adultos se les supone discrepancia respetuosa y diálogo atento hacia quien piensa de modo diverso. ¿Qué podemos esperar en una reforma constitucional de quien parte del insulto al orden existente? No tiene margen para ceder. Y la democracia es ceder. Lo otro, autoritarismo.

El respeto no coarta la libertad. Ni siquiera la de expresión o la de pensamiento. Es posible aplaudir a un rey desde las firmes convicciones republicanas. Y al revés. Es posible aplaudir a un presidente de la república desde las hondas creencias monárquicas. Pensar que no es dar el primer paso para la fractura civil. Así lo indica la memoria histórica que no es solo recordar al olvidado sino también tener presente que la incapacidad para convivir llevó al desastre a este país.