Las Provincias

EL MURO DEL VALENCIA

En Paterna es tiempo de concertinas. Hace un par de años, alguien del club me dijo que Meriton entendía que sólo era público el partido de fútbol. Ni siquiera los entrenamientos. Además, los asiáticos no comprendían cómo podían haber llegado a la prensa papeles como el contrato de venta con la Fundación y los acuerdos con Bankia. Afortunadamente, por estos lares todavía la administración pública garantiza a los ciudadanos el acceso a la información previo pago de las copias de los documentos oficiales. Los papeles de la venta los puede tener usted y su vecino el del quinto si así lo justifica. Transparencia, qué bonito nombre tienes. A aquella advertencia de que el grifo se cerraba no le di más importancia. Al final la información fluye. Sólo hay que ir a buscarla. La prensa no es culpable de que el equipo marche en los bajos fondos de la tabla. Tampoco de que se haya tropezado de nuevo en la piedra de una mala planificación de la plantilla. Ni siquiera de que la camiseta luzca ese blanco nuclear cuando Peter Draper dibujó sobre una pizarra la ilusoria pirámide de los patrocinios. Los medios de comunicación no ficharon en el mercado de enero a jugadores de musculatura frágil. Ni trajeron a Gary Neville de entrenador ni aplazaron la construcción del nuevo Mestalla. A la prensa sólo se le puede acusar de un cargo: contar lo que pasa. Si fuera directivo del Valencia, más que alambrar los muros de la ciudad deportiva me preocuparía en acertar con el gasto, de recuperar la sintonía con la grada de Mestalla, de analizar el motivo por el que la 'megastore' es un páramo, de ver por qué los chavales llevan camisetas de Messi y Cristiano, de la razón por la que no hay un jugador referencia, de la ausencia de valencianos en la plantilla, de la amortización del préstamo con Bankia, de la improvisación que bombea en este club. La deriva que ha alcanzado este Valencia es cómica. Hilarante en casi todas sus aristas. Un reír por no llorar. Y entre tanto disparate, llega la descacharrante decisión de obligar a hacer prensa de rotonda, con esas ínfulas de falso rico, a imagen y semejanza de lo que no se es. Anil Murthy ha llegado a la ciudad con el objetivo de palpar al valencianismo, de sentir, casi con un cursillo acelerado de aprender a ser del Valencia con mil palabras. Tiene trabajo. El club ha levantado vallas a los ojos de los medios de comunicación, como si eso fuera un impedimento para escribir y contar. El ideólogo del apagón tiene más de iluso que de cerebro. No se da cuenta de que hace meses en el Valencia se alza como un rascacielos el peor de los muros, el del frío, el de la indiferencia, el del pasotismo, el de la descomposición. Y a un lado de ese muro está Meriton (y los suyos) y en el otro la afición.