Las Provincias

MINORÍAS

Nadie, creo, se levanta una mañana y mientras el espejo le devuelve el reflejo de un rostro pespunteado por las trepadoras legañas se dice algo así como: «Hombre, voy a formar parte de un colectivo minoritario y me pondré a exigir mis derechos y, de paso, alguna subvención». Una actitud cimentada en los gustos minoritarios no se elige, sólo nuestras inquietudes y nuestra sensibilidad nos arrastran hacia las zonas apenas pobladas por cuatro gatos raritos. Soportamos desde hace lustros mensajes pelmas acerca de las minorías y del respeto que le debemos así como por la gracia de Dios. Parece que, lo de ejercer de minoritario autoriza de inmediato a conseguir un marchamo de singular categoría que te eleva por encima de la media. Mis pasiones literarias o cinematográficas me sitúan en el abismo de una minoría recalcitrante pero esto no me provoca ninguna satisfacción, más allá del gustirrín íntimo fruto del sofá como atalaya vital, que me traslade hacia terrenos superiores. No me creo mejor que el prójimo por disfrutar del Harvey Keitel de 'El teniente corrupto' y aburrirme como un bellaco con el celebrado reencuentro de los triunfitos. Intento, eso sí, encontrar las razones por las cuales tantos compatriotas gozan con las respectivas evoluciones de Bisbal y Chenoa, pero no las descubro y mi pasmo permanece inamovible. Por eso, desde una actitud que milita en muchos ámbitos minoritarios, no me interesa que se preocupen por mí, sólo que me dejen tranquilo. Con tanto mimo hacia las minorías estas adquieren un papel preponderante que no les corresponde y que, además, les despoja del halo misterioso que poseían. Prefiero que nuestros gobernantes se preocupen por domesticar a las mayorías, los de paladar extraviado ya nos buscamos la vida huyendo de la feroz maquinaria que todo lo desea controlar.