Las Provincias

UN MECHÓN, UNA GOTA

Son dieciséis cabellos. Jaime los ha contado cuando ella se acerca para ayudarle a estirar. El está tumbado, con una mano ella le coge de un tobillo y con otra hace presión en la rodilla forzando su pierna para que permanezca recta, trazando una vertical respecto al suelo. Entonces hace fuerza, a él le duele el muslo, el gemelo, la cadera, aprieta los dientes pero no se queja. Sus ojos permanecen fijos en ese ligero mechón de pelo castaño que cada clase se escapa caprichoso de la coleta de ella. Aglutinado por el sudor, el colectivo de cabellos se adhiere a la piel del cuello, una epidermis dorada que a veces, y a causa del esfuerzo y del sistema venoso más presente en esa zona, palpita. Entonces el rostro de Vero, que así se llama su entrenadora personal, se ilumina con un rubor rosado que se extiende hasta los labios. A él le recuerda a una fruta. Jaime anda loco con esas hebras de pelo que serpentean mojadas, formando una 's' de base más amplia que aminora su grosor, de forma descendente, hasta quedar en leve filamento del que desemboca en ocasiones una sola gota, que él ve emerger, tomar consistencia y caer. A veces la diminuta esfera acuosa discurre por el cuello, arrasa la piel de su pecho y se pierde por dentro del escote. Jaime imagina el camino recorrido y se plantea si quizá esa emisaria del esfuerzo se fusione con los suaves vellos del vientre o si, tal vez, recale en el ombligo. Otros días la escueta gota, y dependiendo de la postura de ella, se desprende de su cuerpo en caída libre. Entonces el tiempo se detiene para él que, una vez, vio como esa pizca de sudor recaía en su brazo provocándole un éxtasis que le hizo temblar. «¿Estás bien?», le pregunto ella. «Muy bien», respondió él achicando los ojos por el rubor. «¿Sigo?», insistió ella. «Sigue», le indicó él, impaciente ya por saber del destino de la próxima gota.