Las Provincias

MANUAL DEL POPULISTA

Ser populista es relativamente fácil. Lo primero de todo es negarlo. El populista dice que no lo es, faltaría más. Populistas son los otros. Lo segundo es oponerse a todo lo que hace el poder, mandamiento imprescindible para derrocarlo y ocupar su lugar. No puede haber puntos de encuentro, de entendimiento, no hay consensos posibles, ni en los llamados asuntos de Estado ni en nada. Un populista de Podemos no accederá a pactar una ley de educación, o la política antiterrorista, a la reforma de la Constitución, o el futuro de las pensiones, o el papel de España en el exterior. Al enemigo, ni agua, señala su manual, y el enemigo es el poder, en este caso el PP y, por extensión, Ciudadanos y el PSOE. Y lo tercero y principal, los gestos, la imagen, desde el atuendo, que casi sustituye a la ideología, hasta el comportamiento en actos públicos. Cada sesión del Congreso es una ocasión para mostrarse ante toda España, para dejar constancia de su estilo (es un decir), de sus maneras. Un día es el niño de Bescansa, otro el beso en la boca entre Iglesias y Domènech, otro el puño en alto del líder supremo, o ayer el bochornoso vacío que le hicieron a los Reyes. También aquí el método a aplicar es muy sencillo: lo contrario de lo que hagan los demás, los partidos constitucionales, los sistémicos o, en su lenguaje, «la casta». Si ellos aplauden, nosotros en silencio, si ellos asisten al desfile, nosotros no, si ellos visten traje de chaqueta con corbata, nosotros camisa arremangada o camiseta. Política de confrontación, de tierra quemada, sin matices, blanco o negro, azul (ellos) o rojo (nosotros), como hace ochenta años. Y por último, queda su arma de destrucción masiva favorita, las redes sociales. Nada de discursos ideológicos muy elaborados, nada de reuniones sesudas ni de artículos largos, lo que se impone en su manual es el manejo del Twitter, mensajes cortos, contundentes, que no requieran mucha atención ni mucho tiempo del receptor, disparo rápido, casi sin mirar y mucho menos pensar. Siempre a la contra de los que mandan por el hecho de que mandan, sin dar tregua, sin respiro, con una legión de fanáticos tuiteros compulsivos que tienen todo el terreno libre, a su entera disposición, porque la derecha sistémica y acomodaticia no es capaz de contraponer un grupo similar que impida la expansión del pensamiento (es otro decir) único. Con estos ingredientes se cocina el gran soufflé del populismo podemita, es decir, oposición radical y sin matices, política de gestos de cara a la galería y atención enfermiza a las redes sociales como instrumento de agitación y propaganda. Y con estas herramientas ya hay un 23% de los electores españoles que declaran que en unas elecciones votarían a Pablo Iglesias como presidente del Gobierno.