Las Provincias

HUELGA DE DEBERES

Hace unas semanas asistía atónita a la primera huelga de deberes que conoce. En ella, los niños, acudían el lunes sin los deberes del fin de semana ante el beneplácito de muchos padres. Olé. Puede entender que los tiempos hayan cambiado pero desautorizar así a un adulto pone al niño en el centro de todo. De la familia. De la escuela. Del universo. Y eso no puede ser. Porque el profesor es y, debe ser, una figura de autoridad. Moral. Con estatus social. Y en este país ser profesor, en el mejor de los casos, es el malo de la película. En otros, un paria. Con mil obligaciones. Cuando solo tiene una. Crucial: Educar. Para civilizar ya está la familia. Sí, esas que aducen que secundan la huelga porque están hartos de que los profes gestionen los tiempos familiares. Pero no exigen civismo ni urbanidad ni educan en el respeto. Ni en la cultura del esfuerzo. Si bien es cierto que los niños tienen muchas actividades extraescolares no lo es menos que las tienen para igualar la maratoniana jornada laboral de sus padres. Aparcar a los niños en el cole. Y de ahí, a inglés. O al fútbol, música o macramé. Después, claro, padres y niños están exhaustos para hacer deberes juntos. Pero son necesarios. Los deberes son básicos a cualquier edad. Sencillamente porque crean hábito, ayudan a fijar conocimientos. Porque el aprendizaje no se adquiere por esporas. Y en casa, hay que repasar lo escuchado en el aula. Porque aceptar sus responsabilidades, gestionar frustraciones y tempos les ayudará a forjar los cimientos de la persona que serán mañana. Y, eso, es el mejor legado que podemos darles. No solo porque ha de acompañarles durante el resto de su vida, que también, sino porque en el mercado laboral solo sobreviven los resilientes. Aquellos que, de pequeños, se quedaban hasta tarde haciendo los deberes.