Las Provincias

Hacer un Trump

Aunque parece todo dicho, no escribir sobre la elección de Donald Trump es como reconocer tu condición de pelagatos en la opinión. Hay tantos análisis, que hacer un Trump, condenando el voto equivale a no entender nada. Hay tantas Américas en una misma América, 'E pluribus unum', que nos superan sus dimensiones, incapaces de encajar en nuestra interesada óptica europea, y nuestra geometría de izquierda y derecha. Esta no ha sido la lucha entre la derecha republicana y la izquierda demócrata, ni una nueva muestra de las contradicciones del capitalismo, como relatan las fantasías tan del gusto del progresismo. Quien no perciba que Donald Trump no es el Partido Republicano, y Hillary Clinton no es del todo el Partido Demócrata de toda la vida, no habrá entendido nada. En la batalla entre dos opciones, la lógica binaria empuja a la simplicidad, a describir un candidato y otro como el cielo y el infierno. Me da que el resultado electoral anuncia conflictos futuros, nuevas y fáciles respuestas a problemas que quizá no lo son tanto. Temen por la seguridad y la globalización, por las consecuencias de la inmigración en el empleo, y quizá es que nadie sabe todavía leer el manual de las nuevas instrucciones del mundo. Quizá entre Trump y Clinton se libraba una batalla entre una mayoría silenciosa, enojada, y una coalición de minorías, de identidad, de género, y colores, muy del gusto de la residencia de vacaciones en Hyannis Port, en la costa de Massachusetts, pero incapaz, por si sola, de conservar una mayoría demócrata. En todas las latitudes hay que atender el malestar. Por muy patricio y bien intencionado que uno sea, el poder no se conserva solo con festivales de música y muestras de gastronomía ecológica. América sabrá compensar las concurrencias, y las aguas volverán a su cauce. Algún James Baker que otro tendrá que ser nombrado como Secretario de Estado para asegurar la coherencia. Siempre ha habido un Kissinger desobedeciendo las órdenes de Richard Nixon al teléfono borracho, de bombardear esta o aquella ciudad. Si la presidencia demócrata es impensable sin El ala oeste de la Casa Blanca, y su apuesta por las buenas intenciones, la presidencia de Donald Trump no se entiende sin House of Cards, con su exhibición exagerada del cinismo de la política real. Afirmaba Ernst Cassirer, sobre Thomas Carlyle, analizando su visión del culto del héroe, lo peligrosos que podían ser los mitos políticos, los idola fori de los romanos. Decía Carlyle: "No es la facultad lógica, la de mensuración, la que reina entre nosotros, sino la imaginativa; podría decir: un sacerdote y profeta que nos conduzca al cielo, o un mago y hechicero que nos lleve al infierno". No nos tendría que dar igual. Las políticas, lógicas, que en el mundo occidental nos llevaron al progreso siempre se alejaron de la tentación de la imaginación. Ni sacerdotes ni profetas, pero tampoco magos y hechiceros.