Las Provincias

Educar para no pensar

Echen un vistazo al nivel de los comentarios de las redes sociales, o al discurso político. Sorprende a muchos que haya tanta gente incapaz de tener un juicio crítico sobre las cosas, pero el asunto no tiene mucho misterio. La educación se vuelca sobre los temas y destrezas que se consideran necesarios para la sociedad tecnológica, y olvida que todo progreso descansa en que las personas tengan la voluntad y la capacidad de contribuir a un proyecto común donde el éxito no sea el becerro de oro al que adorar. Tal proyecto común supone que somos capaces de pensar en términos abstractos, considerando realidades no tangibles como la igualdad, la equidad y la responsabilidad. Y desde luego, disponer de una visión a largo plazo: comprender que no vamos a vivir para siempre y que los eslóganes facilones y huecos son el cebo de los incautos.

El auge del populismo no podría acontecer en una sociedad culta. Sus falacias y trucos de escena se ven a la legua; todo es muy viejo, y los líderes lo saben, pero confían en que mucho de su potencial electorado no conozca esas claves baratas y, si las conocen, que no sean capaces de relacionarlas con lo que ellos hacen. Apelan a las emociones viscerales, confían en que la mente no sepa procesar el impacto de la ira o del miedo que causa el mensaje. Cuando el sistema menos imperfecto para gobernarnos (la democracia) empieza a chirriar, las propuestas de 'solución' siempre se dirigen a debilitarla, pretendiendo quien las formula que quiere mejorarla.

No conozco otra terapia para esto que la educación. El humanismo (el saber filosófico, literario e histórico) que progresivamente ha ido menguando en el temario, es un poderoso antídoto contra la estupidez y el culto al mesías de pega. Es cierto que no es una vacuna del todo segura (todos esos hombres cultos que apoyan a ideas o figuras lamentables), pero sin duda es la mejor. Es mucho más difícil ser un cretino si se ha leído con provecho a Lorca o Montaigne. No sé si los partidos políticos, en vísperas de empezar a trabajar en un pacto de Estado por la educación, son conscientes de este hecho: que parte de estas derivas autoritarias radica en que la gente prefiere gratificar sus instintos primarios a pensar profundamente sobre lo que sería mejor hacer.

Por otra parte, hoy ya sabemos que las empresas punteras están buscando a personas formadas en humanidades; gente capaz de ver más allá, en transversal, de hacer propuestas que ofrezcan una visión enriquecida del trabajo y sus resultados. El hombre no es nada sin sus emociones, y el manejo de éstas resulta esencial para la vida en común. La educación emocional, sin embargo, precisa de una mente hábil en procesarlas y vincularlas a unos principios bien fundamentados. El desprecio inaudito del humanismo en nuestras aulas es un regalo de la democracia a sus más entronizados enemigos.