Las Provincias

PROPIEDAD PRIVADA

Llámenme ingenuo, pero empiezo a considerar seriamente que la muchachada podemita y sus primos hermanísimos de la CUP leen en silencio y, sobre todo, en secreto, al gran Josep Pla. En efecto, el escritor catalán de divina boina que eligió un exilio interior en su masía tan de payés forjó un gran número de páginas elucubrando acerca de las bondades de la propiedad privada. Una sociedad sin respeto por la propiedad privada, apuntaba Pla, estaba condenada al caos absoluto. Nuestra civilización, según él (y tenía razón, creo yo), se basa en la propiedad privada. Les cuento esto porque causa furor la querencia inmobiliaria por parte de los que, en la teoría, pretenden destruir cualquier rasgo de posesión ladrillera. Ya nos topamos con un carguito de la CUP que defendía la okupación ilegal de un inmueble allá en Barcelona. Cuando vía tuiter un espontáneo faltón le recordó que esos bravos okupas podían apalancarse en cualquiera de sus once fincas, once, el radical contestó rápido que «no, no, imposible que las tengo alquiladas». Amárrame esos pavos, que diría Rosa Belmonte. Además del admirable emprendedurismo de un joven estudiante que logró pingües beneficios mediante veloz compra y venta de un piso de protección oficial, hablo de Espinar, claro, ahora emerge la figura de otra podemita, Montserrat Galcerán, una mujer que apoya de nuevo la okupación pero que, sin embargo, luce en su alforja la nada desdeñable cantidad de nueve magníficos inmuebles. Los pequeñoburgueses pantufleros que pagamos nuestros impuestos y soportamos la carga de una hipoteca alucinamos ante esta muestra de singular adaptación al medio. Anhelamos ofrecer al prójimo ese mensaje solidario sin que nuestro exiguo patrimonio sufra merma. Son unos genios. Yo, de mayor, quiero ser como ellos. Y con tantos y tantos pisos...