Las Provincias

UNA HISTORIA DE AMOR

He leído muchos elogios estos días hacia la figura de Jorge Iranzo y poco se puede añadir pero no me resigno a dejarle mi recuerdo impreso porque no es tan frecuente es toparse con un aficionado tan incondicional como él. A Jorge lo hemos conocido quienes hemos viajado mucho con el Valencia porque no había partido en el que no se hiciera presente pese a que jamás se hacía notar. El bueno de Iranzo no tenía una economía que le permitiese volar en el chárter del Valencia para recorrer España pero durante muchísimos años le bastó con un modesto automóvil y la gasolina de su fervor valencianista para lanzarse a la carretera con calor, frío, lluvia o nieve. Lo mismo daba un desplazamiento de 70 kilómetros a Vila-Real o uno de casi mil hasta A Coruña. Allí donde SU Valencia disputase un partido estaba Iranzo para apoyar y alentar al equipo de su vida y el de la de sus mayores. El próximo domingo Mestalla recordará a uno de los más leales seguidores del Valencia en un merecidísimo minuto de silencio y qué mejor que el silencio para rendirle el reconocimiento que se ganó en vida porque jamás se escuchó en boca de Jorge una mala palabra, jamás un mal gesto y '0' afán de notoriedad. Así era el bueno de Jorge Iranzo y con esa limpieza de alma vivió su valencianismo hasta que se lo llevó para siempre el cáncer maldito. Así lo recordaremos los que tuvimos el placer de conocerle y de compartir tan buenos ratos en hoteles, estadios o la gasolinera de turno en la que te lo encontrabas yendo o viniendo de un partido. Lo recordaremos como se recuerda a un hombre normal, a un hombre sin estridencias que llevó su pasión por el Valencia hasta lo inverosímil pero SIEMPRE sin molestar y haciendo gala de un saber estar a prueba de tontos. Lo recordaremos con el cariño y el respeto que evoca un hombre bueno. Porque Jorge Iranzo era fundamentalmente eso: un hombre bueno que unió su vida al Valencia Club de Fútbol a cambio de nada y nunca cayó en la tentación absurda y tan extendida de repartir carnets de valencianista. Se contentaba con repartir cada temporada sus calendarios donde describía la hoja de ruta del equipo con la ilusión de -ese año sí- volver a disfrutar de un título del Valencia. Él, antes de marcharse, ya ha ganado todos los títulos que se pueden ganar en vida: el de la fidelidad, el de la lealtad y el de amor a unos colores por encima de todo y con respeto a todos. Cuando con tanta ligereza se habla de la Cultura de Club y del Sentimiento de Pertenencia me viene a la cabeza la imagen de Jorge aparcando su modesto utilitario en la puerta del hotel del equipo en la otra punta de España, con el pañuelito valencianista siempre anudado a su cuello y con la sonrisa de su indestructible optimismo. Toda una lección que todos deberíamos aprender.