Las Provincias

Educación y unidad

Como panteras, como verdaderas fieras, la oposición al PP, en cuanto se han abierto las tareas parlamentarias, se ha lanzado contra la LOMCE, la ley de Educación del malhadado ministro Wert. Por iniciativa de un PSOE que quiere hacer olvidar que permitió a Rajoy gobernar haciendo visible que no le quiere dejar gobernar, el martes, en el Congreso, fue admitida a tramitación la idea de paralizar el calendario de implantación de la odiada ley que lleva aparejado lo que muchas familias no quieren y las autonomías rechazan: las pruebas de selectividad, el control por el Estado de que un alumno ha estudiado y está en condiciones de recibir un título que le acredita.

El presidente Rajoy, visto lo que se le veía encima, anunció antes de la investidura que en diciembre suspendería las pruebas académicas. El ministro de Educación se muestra dispuesto a negociar. Pero parece que no basta: la última moda educativa, en esa línea de relajación de todo lo que suene a homogeneidad de decisiones, tiende a que cada autonomía establezca su modalidad de pruebas, si es que las desea. De modo que en los próximos meses, hasta la primavera, vamos a asistir a una agotadora serie de pulsos políticos a costa de unos conceptos básicos -la unidad y uniformidad de la formación que se debería dar a los españoles- que desde hace años están siendo puestos en duda, en los cuatro puntos cardinales, sin que nadie quiera o pueda evitarlo.

Admira la paciencia o la resistencia con que el presidente Rajoy ha emprendido este nuevo tramo de mandato. Con independencia de que la ley le impide hacerlo hasta mayo, sería casi más deseable un nuevo escenario electoral que soportar la animosidad con que los partidos se están lanzando en tromba, no contra el Partido Popular, que tiene ya más conchas que un galápago, sino contra todo lo que suene a obligación y control, a exigencia y prueba, a España y homogeneidad nacional. Llama la atención sobremanera que haya un partido, como Ciudadanos, que llevado de no se sabe qué pretensiones, esté quebrantando sus postulados esenciales, que niegan todo coqueteo con lo que escinde los conceptos de unidad nacional.

Con escenarios así, con polémicas tan estériles como las que vamos a ver, con comportamientos tan de asombro como los que desean un mundo estudiantil sin deberes caseros ni pruebas de conocimiento, no habrá de extrañar que aumente el número de ciudadanos que se decantan por acabar con lo que piensan que más está disgregando la unidad de España: la fragmentación de la educación y de la sanidad a través de unas autonomías que han derivado hacia el nacionalismo.

Tampoco habrá de extrañar -aunque sea muy de temer- que en cuanto surja un partido o un demagogo que llame a rebato en torno a la unidad nacional escasa o perdida, haya miles de personas dispuestas a llenarle los bolsillos de votos. Y no será porque no estamos viendo escarmientos electorales claros...