Las Provincias

LA DEUDA FLOTANTE

Ya ha ahogado a muchos, incluso a los que pertenecían al salvamento de naufragios, pero Bruselas no padece el mal de alzhéimer, que nos vendría muy bien a nosotros. Su memoria es excelente y por eso la Comisión Europea ha consumado un vuelco a la austeridad económica. La verdad es que eso de ser económicamente sobrios no le gusta a nadie, salvo a algunos frailes (yo he conocido a uno, que no tenía ni sandalias y por eso era carmelita descalzo), pero en general la austeridad no le gusta a nadie, sobre todo cuando es obligatoria. Para estimular la Eurozona y que se aplique al desarrollo de esa ejemplar virtud hace falta tener mucho dinero y emplearlo en inversiones, en recortes de impuestos, en reformas y en otras tareas benéficas. No es nuestro caso. Los españoles nos conformamos con que nos paguen nuestras deudas, así como nosotros no pagamos a nuestros deudores.

No sabemos aún cuántas conversaciones y cuántos pactos hacen falta para llegar a un completo desacuerdo que, si bien no satisfaga a todos, no deje descontento a nadie. Quizá el problema consiste en que algunos demócratas no están conformes con el dictamen de las urnas. El bloqueo de la Lomce ha frenado en seco y con sus propias lágrimas los propósitos de Íñigo Méndez de Vigo, cuya popularidad sólo ha durado unos días. Una de las peculiaridades de nuestra democracia es que los derrotados nunca se dan por vencidos. Creen que rendirse a la evidencia es cosa de cobardes.

La fragmentación de Podemos, que ahora quiere ser «organización autónoma», acaso debilita a ese partido al que nadie puede negar dos cosas: que removió la conciencia de los que la tenían y de los que jamás la tuvieron. No debieran llevarse mal Pablo Iglesias y Errejón. Antes de que se implanten las llamadas 'baronías' hay que solucionar la deuda. Y eso sólo se hace pagando. Los justos y los pecadores, que son precisamente los que más piden justicia.