Las Provincias

Trump ya pasó por aquí

Como a tantos españoles -y, no lo perdamos de vista, a tantos estadounidenses- tampoco a mí me gusta Donald Trump. No me genera confianza su trayectoria en el mundo de los negocios, no comparto muchas de sus ideas, no me agradan sus modales ni su manera de hablar, no me caen bien algunos de sus aliados internacionales, y hasta me parece hilarante su forma de peinarse. De manera que me encuentro entre el amplísimo colectivo de los que llevan desde el miércoles pasado indignados con esa mitad del pueblo norteamericano que le ha encumbrado como presidente.

Pero resulta -dos por el precio de uno- que también me encuentro entre el mucho más reducido grupo de los que están todavía más indignados con algunos de esos indignados que llevan desde el miércoles pasado cargando contra el recién elegido Trump.

Me refiero a todos aquellos que han edificado su discurso sobre la base de demonizar a la clase política en su conjunto, tachándola colectivamente de corrupta -cuando no de criminal, como hiciera Pablo Iglesias desde la tribuna del Congreso, en una frase que con gusto habría suscrito el propio Trump-, y ahora se sorprenden de que a éste y al otro lado del Atlántico prosperen líderes que se afanan por presentarse a sí mismos como 'outsiders' enfrentados al 'establishment' -la 'casta', si se me permite citar de nuevo a Iglesias- e inmunes a sus vicios.

Me refiero a todos aquellos que llevan décadas cargando contra el libre comercio, la globalización, y la integración política y económica del mundo en general, y de Europa en particular, aduciendo que con estos procesos pierden los trabajadores y gana el gran capital, y ahora se escandalizan de que ese mismo discurso haya llevado a la presidencia de los Estados Unidos a alguien que aboga precisamente por defender a la clase obrera de su país elevando los aranceles que gravan a las importaciones, y construyendo muros con los que detener a quienes vienen de otro país en busca de un empleo.

Y me refiero, en fin, a todos aquellos que han venido jugando a la peligrosa carta del populismo, confrontando a 'el pueblo', y a 'la gente' con las elites políticas y económicas, aborreciendo de toda jerarquía, y propugnando un igualitarismo indiscriminado, y ahora ven con preocupación que el candidato preferido de la clase obrera, el más votado en los estados agrarios y en los industriales, se haya impuesto a la favorita de la 'beautiful people', la que arrasó en Washington y en la Gran Manzana, en Miami y en Palm Beach, en Hollywood y en Los Ángeles.

Y es que se equivocan quienes creen que en política la extrema derecha y la extrema izquierda se hallan diametralmente opuestas entre sí. En el mundo de las ideas -como en el mundo mismo, desde que Juan Sebastián Elcano demostrara la esfericidad de la tierra- lo que sucede cuando uno se desplaza sistemáticamente hacia la extrema izquierda. es que acaba asomando la nariz por la extrema derecha.