Las Provincias

UN TRATO JUSTO

Hace unas semanas presenté un concierto que machihembraba el rock y una causa benéfica. Acudimos todos sin cobrar, como es lógico. Incluso la sala cedió sus instalaciones por la cara. Lucíamos los protagonistas nuestra acreditación sobre el pecho como la placa estrellada de ese orgulloso sheriff que limpió su ciudad fronteriza de pistoleros asilvestrados inyectándoles plomazos entre las cejas.

Esa acreditación se convirtió en una llave maestra, en el ábrete sésamo que nos proporcionaba libre circulación para sortear los controles de los seguratas. Naturalmente, acabamos todos en el camerino. Allí se bebía gratis. Allí se tertuliaba recio. Y, sobre todo, allí se fumaba sin control. Entre pitillo y pitillo, me asomaba para observar el ambiente. 1.280 almas abarrotaban el local aguardando la descarga electrificada. No pude sino pensar en las injusticias de la vida y las memeces de las leyes. Impera la prohibición antitabaco, salvo para los enchufados que pueden visitar las bambalinas de los garitos. En los restaurantes tampoco es difícil que nos concedan, a los bellacos enganchados a la nicotina, aspirar el venenoso humo en los reservados o cuando el resto de la clientela se ha marchado. No les cuento esto inflando el pecho, me limito a constatar cómo ante un persecución estricta surgen mecanismos de picaresca chusca que nos permiten aliviar tanto rigor. Esta cruzada contra los cigarrillos no la observa uno en otros campos, por ejemplo en el de las saludables bicicletas. Una parte de los ciclistas se ha adueñado de las aceras, orillando a sus propietarios naturales, los peatones, bajo riesgo de atropello. La bici es un ángel y los pitillos son Satanás. Pero prometo no chivarme de los ciclistas que abusan de las aceras si sigo fumando en las reboticas de los antros. Me parece un trato justo.