Las Provincias

La ciudad amiga

Valencia vive bajo una luz amiga. Y alberga muchos mundos diversos, desde la transparencia al misterio. Lo extraño fue que durante décadas, cuando el turismo cultural y urbano ya era muy activo en otras ciudades españolas, Valencia, que es la tercera capital del país, se mantuviera tan escondida, tan oscura, tan clasificada en el pelotón de las urbes provincianas. Eso, al menos, creía la mayoría de los españoles. Para quienes Valencia venía a ser una ciudad de un significado parejo al de otras que tienen la mitad de su población o incluso menos. Durante mucho tiempo Valencia era poco más que el aeropuerto de Benidorm. O el muelle para zarpar a las Baleares. Un desdén que solo redimían las Fallas durante una semana de marzo.

La cima de esta inexistencia vino con el triple triunfo Madrid-Barcelona-Sevilla en 1992: capitalidad europea de la cultura, Olimpiadas y Expo, respectivamente. Entonces Valencia cayó a la posición 15 o 20 de las ciudades españolas por afluencia turística. Más o menos como le sucede ahora al equipo de fútbol que juega en Mestalla, club cada día más enredado en la maldición singapurense.

Ese olvido comenzó a cambiar a principios del milenio y es evidente que la Ciudad de las Artes y las Ciencias fue la clave del renacer. Pero integrada la novedad de ese insólito paisaje de cristal y acero, con el Palau de les Arts como catedral de catedrales modernas, la ciudad ha cambiado. Y desde hace unos pocos años está desbordando todas las previsiones para convertirse en un lugar libre, cosmopolita, dulcemente intrincado, rico en muchos ángulos y ofertas, desde los hoteles al teatro, desde las bicicletas (ojo a las aceras) a los bares que a la vez son librerías. Para confluir todo en una ciudadanía local y foránea, creativa, multirracial y animada que inunda sus calles, sobre todo las de su enorme casco viejo, aunque el entusiasmo corre por toda la ronda interior, y por los barrios burgueses allende la calle Colón y eso sin contar el río verde del Jardín del Turia, los museos, las playas, los paseos marítimos, los tranvías y los parques. Todo es escenario de la curiosidad y el gozo.

Sí, parece que lo hemos conseguido, críticas y matizaciones aparte. Muy espontáneamente la ciudad se ha ido convirtiendo en una gigantesca golosina para miles de personas que nos visitan cada día, y que se sienten contentas, se les nota en la cara. Se ve que les va la marcha mediterránea, la tolerancia y también, sin duda, les gusta estar en una ciudad donde mandan menos de lo querrían los políticos identitarios. No pueden ir ya mucho más allá de donde han llegado. Porque la nuestra es una ciudad medularmente valenciana, española y europea. De imaginación, historia, modernidad y convivencia.