Las Provincias

El declive del imperio americano

A veces regreso del trabajo andando. Cuando me entristece lo que observo desde mi torre vigía de Bruselas, meto las manos en los bolsillos del abrigo y camino despacio por Place Flagey, donde estudiantes tocan música de mendigos, junto a los estanques de Ixelles, rozando cisnes cuyas siluetas escriben 22 veces el número 22, dejo atrás la abadía de la Cambre, sepultada bajo una cordillera de amarillas hojas de otoño, y llego a mi portal. Cuatro kilómetros de hilera de casitas separan la mesa del despacho de mi cama. El sol se ha puesto sobre las cuatro y media, mi paseo es ya de noche. Miro las ventanas encendidas y, dado que aquí nadie usa cortinas, dentro, tras los cristales, ojeo familias, parejas, chicas y hombres que cenan, fuman en la silla de la cocina o se desnudan. Soy el vigilante nocturno del acuario que comprueba en su ronda si en cada pecera reina la paz. Tengo frío, frío de frío y frío de envidiar sus chimeneas encendidas, sus abrazos frente al televisor y sus risas diarias. Vista desde la calle por un emigrante la felicidad en todos los hogares parece perfecta. Hundo la nariz en mis preocupaciones y deambulo.

En parte por aclarar la edad que nos toca vivir y en parte por pura melancolía, recuerdo cómo el declive de Roma se manifestó primero en la venta del cargo de emperador a populistas, millonarios y especuladores o en la promoción al mismo de chalados, gladiadores e infanticidas. Que Calígula, Cómodo o Caracalla no fueron causa sino consecuencia de una sociedad enferma que antes había olvidado sus virtudes republicanas. Dicen que el pescado muestra la podredumbre por la cabeza.

Si Lincoln o Kennedy resucitaran y vieran al pintoresco Donald Trump convertido en emperador americano se suicidarían esta vez. Tal que Diocleciano al desistir de salvar a los romanos ya insalvables y refugiarse en su huerto de coles. El miedo a la globalización ha coronado a Trump. La globalización, sin embargo, es imparable, como lo eran los bárbaros, y funciona del mismo modo que el cristianismo o los vasos comunicantes, iguala a los trabajadores por abajo, por lo que sólo un gobierno global podría ordenarla. Pero el nuevo César hará lo contrario: levantar muros, romper alianzas y expulsar jóvenes. Se encastillará, como Roma al final. Cerrará los ojos de América a lo evidente: que una economía mundial exige una política económica mundial coordinada. Decaeremos.

«Enriqueced a los soldados y burlaos del resto» aconsejó Septimio Severo a sus hijos al morir. Aunque esto Trump ya lo sabe, lleva décadas practicándolo. Mi madre Europa, maniática, compleja y desmemoriada, vive sin cortinas porque ignora cuánta caída acecha fuera. A veces regreso del trabajo andando y me pierdo por la venas de Bruselas. Me siento entonces un farero solitario volviendo a casa de madrugada. Se acerca tormenta por el oeste, aviso.