Las Provincias

El campo

Como lo de aquí me aburre mucho, me empeño en seguir entendiendo las razones de la victoria de Trump. Y rebusco, sin éxito, estudios, trabajos y análisis que ayuden a ligar la victoria de un candidato tan excéntrico y potencialmente peligroso con la vida, la economía y los problemas reales de la gente que vive en los territorios que le han votado: la América profunda.

¿Qué se ha votado en Utah, Wyoming, Kansas y las Dakotas y qué demonios hace allí la gente para llevarse un jornal a casa? La respuesta viene enseguida: es el campo. Vacas, algodón, maíz, patatas, soja, tabaco, naranjas, trigo, vino, cerdos... las cosechas, los millones de toneladas de alimentos que consumen los norteamericanos, y sobre todo sus precios de remuneración, deben haber tenido alguna influencia.

Pero las facultades valencianas de Economía y de Agricultura, tan enraizadas, creemos, en una región agrícola, están mudas. Benditas universidades mudas. En ellas, como en todas partes, solo se escucha el disco oficial: «Ha ganado un machista, un populista demagogo, un peligro». Bien: ¿pero por qué ha ganado?

En un rincón perdido encuentro que Trump ha atacado con frecuencia las mil pejiguerías de la Agencia de Protección Ambiental que asedian al agricultor; y que ha fustigado la burocracia ancestral, el papeleo, del Ministerio de Agricultura. Pura música para los agricultores que han creído que al fin alguien parecía escucharles... Después, no ha sido difícil comprobar que Obama se vio obligado a recortar, y no poco, las subvenciones agrarias para ajustar los presupuestos en tiempo de crisis. Unos cinco mil millones de dólares por año, desde 2011, después de sórdidas peleas, prolongadas varios años, con los republicanos que se le oponían. Las ayudas al campo, en 2005, doblaron a las de 2003; pero en 2013 quedaron en 'solo' un 7'4% de los ingresos finales de los campesinos.

¿Habrá influido ese programa de diez años de recortes, que Obama aprobó en 2008, en la decisión electoral de miles de agricultores que viven aislados con apenas dos 'electrodomésticos', la cosechadora y el televisor? No lo sé, pero me gustaría tener detalles para razonar sobre una intuición: que vivir en Manhattan, Nueva York, no es lo mismo que en Manhattan, Montana.

Y es que parece claro que las sociedades modernas se dividen en dos grandes bloques: los 'urbanitas' -relamidos, hiperconectados, ecologistas y muy progres- que quieren comer barato sin saber nada del que dobla la espalda para facilitárselo, y los que por la noche, en la granja, llegan a la cama crujidos después de trabajar al sol. Entre estos últimos -un detalle colorista- están, como mano de obra barata, millones de emigrantes, legales e ilegales, del gran debate americano.

Me temo que el campo se esté cabreando contra la ciudad. La convivencia de dos mundos que se ignoran tendrá que encontrar, al menos, el pacto de una justa remuneración. ¿Y a mí, que toda esta música me suena cercana?