Las Provincias

'Black Mirror', en Valencia

Al Consell le gusta jugar en el limbo jurídico. Ahí está el asunto de la televisión o los nuevos horarios intensivos de los colegios, tan recurridos judicialmente que ni se sabe cuál es su situación ni cuál será. Lo que le gusta al Consell de verdad es agitar el nogal para demostrar que quien manda ahora en la Comunitat son otros, pero también para que las cortinas de nueces impidan hablar de la cotidianeidad de los enchufes, malgastos y fallos de gestión que en nada diferencian a este Consell de otros anteriores.

En el limbo jurídico-político está también la normativa sobre los horarios comerciales. Realmennte se trata de evitar que las grandes superficies abran sus puertas los festivos en la creencia de que esas aperturas perjudican al pequeño comercio. Hasta los manteros, cuya situación es evidentemente ilegal, tienen más comprensión del Consell.

La afluencia de compradores a los grandes comercios los festivos demuestra que los consumidores sí quieren esta apertura. La clave está, empero, en que ningún cliente cambiará su voto por esta cuestión, mientras que es probable que los pequeños comerciantes sí castiguen en las urnas a quienes permitan abrir sin límite. El Consell y los Ayuntamientos 'de progreso' se unen por ello a la prohibición, aunque choquen contras las leyes y de ahí los recursos judiciales.

«Los domingos son para ir a la playa, a un acto cultural o para que los que van a misa vayan a misa», aseguró hace ya más de un año Ribó. Aunque parezca lo contrario, el alcalde de Valencia no se atreve, pese a la frase, a dictar en qué deben emplear los ciudadanos el tiempo de los domingos, que todo se andará; sólo se refiere a su empeño en impedir que las grandes superficies abran los festivos. Para el Ayuntamiento de Valencia, también para el Consell, una ciudad con libertad de horarios es una distopía propia de un episodio de 'Black Mirror'. Qué horror. Siete días a la semana, 24 horas al día con los establecimientos abiertos y los escaparates brillando. Sin embargo, la distopía ya la viven más de media Europa y otros lugares como Nueva York, la ciudad que nunca duerme, como presumía Sinatra.

No se le pueden poner puertas al campo. La presión de los funcionarios otomanos obligó a uno de los últimos sultanes a prohibir el uso de las primitivas calculadoras a comienzos del siglo XX, para evitar que disminuyese el número de contables, y Kodak y Nokia hubieran prohibido las cámaras sin película y los teléfonos inteligentes. Como si los carteros fueran contra los correos electrónicos o los trabajadores contra los robots. La Comunitat puede prohibir las aperturas de los establecimientos comerciales en festivos durante unos cuantos años, pero poco más. De hecho, a través de internet ya se puede comprar de día y de noche y de lunes a domingo. 'Black Mirror' ya está aquí.