Las Provincias

ACTUALIZAR

Asumiendo el canon que nos rige, la tablet que utilizo para los mails y escribir como si fuese un ordenador jibarizado empieza a ser vieja porque tendrá unos cuatro años. Sin embargo, para mi mentalidad es de una juventud indecente. Sólo renuevo trastos y electrodomésticos cuando se descalabran de una manera definitiva y rotunda, lo contrario se me antoja puro capricho. ¿Por qué jubilar un chisme si este todavía cumple con su misión? ¿Por el diseño? Venga ya, a mí no me estafan con esas engañifas preadolescentes.

Mi tablet lleva largo tiempo presionándome y esto me desespera. Sin que yo sea capaz de averiguar el motivo, de repente aparece un recuadro donde leo 'actualizar'. ¿Actualizar qué?, me pregunto. Parece ser que se acumulan las prestaciones que debo actualizar porque el número 7 se añade a lo de 'actualizar'. Muchos detalles, sospecho, tengo que actualizar. Naturalmente huyo de estas actualizaciones depositando la yema del índice sobre un 'más tarde' que, de momento, me permite escapar de estas casi obligatorias servidumbres que sólo me provocan confusión. Trasladando las exigencias de la tablet a la vida que nos tocado soportar, en efecto las corrientes, las modas, las esclavitudes consumistas y resto de milongas nos encauzan hacia una constante actualización que supone un peñazo intolerable. Permanecí fiel al vinilo, llegó el cedé, la gente se actualizó con él y luego resultó que ese soporte de fulgor relampagueante sólo sirve hoy de espantapájaros ahorcado en el balcón para ahuyentar las palomas y sus nefastas cagarrutas. Nuestra sociedad anda saturada de actualizaciones que no alcanzan su puerto porque naufragan en medio del mar. Pero el impulso de la urgencia que nace de la emoción, nunca de la reflexión, nos propina severa tabarra actualizadora. Pues que se actualicen ellos.