Las Provincias

SENCILLEZ

La anécdota es harto conocida entre los aficionados veteranos del Valencia y me asaltó instantáneamente el pasado sábado tras el fallecimiento de don Paco Sendra, jugador del club entre 1952 y 1962. En el verano de 1950 Antonio Puchades, entonces en la cumbre de su inmensa popularidad, compró su primer coche, un Fiat Topolino descapotable, matrícula de San Sebastián, que le vendió Ignacio Eizaguirre. Hasta entonces Puchades realizaba el desplazamiento Sueca-Valencia en el tren o el autobús de línea y al llegar al pueblo daba un rodeo para evitar, por pura timidez, ser visto por sus vecinos, que lo idolatraban. Casi nunca lo conseguía.

Al subir un peldaño en la escala de la fama, Tonico pudo permitirse el vehículo, que entonces era un objeto de lujo. La compra del Topolino posibilitaba, aparentemente, más discreción y libertad de movimientos. Apenas estrenado el auto, sin embargo, Puchades comprobó cómo sus compañeros suecanos, entonces legión en el Valencia (Sendra, Mañó y los hermanos Ibáñez) lo miraban con la envidia del que se sabe condenado a viajar sometido a los horarios e incomodidades del transporte público. Tonico, todo corazón, permitió que sus amigos recorrieran con él el camino cada día de entrenamiento o partido. El coche era tan minúsculo que hacía imposible que los tres de atrás pudieran sentarse, así que Puchades alzaba la capota y, para asombro de los conductores con los que se cruzaban, los pasajeros viajaban de pie sobre los asientos durante el trayecto que separa La Ribera de la capital.

Esta historia nos muestra que hubo un tiempo, cortado de cuajo por el arrollador desembarco de la mercadotecnia en el fútbol, en que este se caracterizaba por una modestia que hoy nos resulta sorprendente. En esta época de despersonalización absoluta del deporte rey también nos llama poderosamente la atención el otrora profundo sentimiento de familiaridad y proximidad entre deportistas, público y periodistas, así como la ausencia de cortapisas en la relación entre las tres patas del fútbol. Esta misma semana el maestro Alfonso Gil me contaba, en el transcurso de una deliciosa conversación, cómo en sus inicios profesionales le resultaba sumamente sencillo acceder a entrenadores y futbolistas y cultivar cierta relación personal con ellos. Bastaba con asistir a los entrenamientos, con acudir a los partidos, con descolgar el teléfono. A mí, que supero en pocos años la treintena, me asalta un recuerdo parecido. Soy capaz de evocar con nitidez la visita a Mestalla, todavía Luis Casanova, y la espera, agarrado de la mano de mi padre, a la salida de los jugadores del vestuario. Entonces, cuando la puerta de madera se abría y asomaban los clásicos de mi infancia (Fernando, Sempere, Quique, Giner, Arroyo, Penev) estiraba la mano con el papel y recogía la firma, que luego guardaba como un tesoro. A veces, incluso, acompañábamos hacia Amadeo de Saboya o Micer Mascó al futbolista rezagado mientras mi padre comentaba con él los lances del partido. La última ocasión en que me ocurrió algo parecido fue en el 98 con Alain Roche.

Ahora los niños que sueñan con jugar en el Valencia no saben en realidad qué es el Valencia ni conocen a los futbolistas a los que admiran. Es cierto que los aficionados disponen de abundante información y que cualquiera puede seguir la vida de un deportista casi en tiempo real. Es cierto que el futbolista aparece más que nunca en los medios y que a veces, incluso, puede llegar a interaccionar con los aficionados a través de las redes sociales. Todo ello es, sin embargo, puro humo. Una falsa realidad. Un producto publicitario. Una caverna platónica contemporánea, por ponernos filosóficos, en la que vemos proyectadas las sombras en la tele. Entretanto, en Paterna hay muros y vallas que impiden todo contacto entre los aficionados y sus ídolos. Y en Mestalla uno ve el fútbol más de lejos que nunca, arropado por un silencio que da miedo. Todo lo que se esconde tras las cortinas del deporte actual nos resulta, en comparación con lo vivido por nuestros padres y abuelos, mucho menos auténtico. Se me podrá tildar, con razón, de nostálgico, señalando que estas líneas rezuman un sabor demasiado añejo. No lo escondo ni quiero hacerlo. Lo reivindico, de hecho. Añoro aquel tiempo, los bellos recuerdos de un pasado, por desgracia, irrecuperable. De un fútbol familiar, sencillo, cercano y, para nuestra desgracia, prácticamente fenecido.