Las Provincias

Prensa y populismo

El martes 7 de noviembre no fue un buen día para los periodistas en general y para los estadounidenses en particular. El noventa y nueve coma nueve por ciento, en Europa, nos equivocamos en el pronóstico sobre el resultado del combate Clinton-Trump y los colegas del otro lado del Atlántico no solo erraron también sino que probaron el amargo sabor de la irrelevancia de sus opiniones en sus compatriotas. Es cierto que en las escuelas de periodismo no enseñan a profetizar los hechos sino a contarlos, pero la vanidad endémica de la profesión nos ha conducido a una especie de periodismo de anticipación que confunde los deseos con la realidad. Esta vez no se ha producido el habitual fenómeno de la promesa auto cumplida en que la expectativa de que ganase Clinton incitó a la mayoría de los periodistas a actuar de forma que la expectativa pudiera realizarse. Un duro golpe para la reputación de tanto analista arrogante.

Ni todas las mujeres blancas votan lo mismo, ni la comunidad latina era forzosamente pro Clinton, ni la incorreción política del candidato millonario asustaba a los votantes de clase media con estudios superiores. Una ola de frustración, ira, endogamia, patrioterismo, decepción, recorría Estados Unidos desde Florida a Seattle y desde los Grandes Lagos a California pero la pituitaria de los grandes rotativos, las poderosas cadenas de televisión, los semanarios especializados en política, fueron incapaces de detectarlo. O si lo detectaron prefirieron mirar hacia otro lado.

Los populismos son lo antagónico a una sociedad compleja, sofisticada, moderna. Se apoyan en elementos emocionales, identitarios, simplificadores y tribales. ¿Cómo podía la clase periodística estadounidense admitir que en su país estaba arraigando un fenómeno que ellos asocian a gentes primitivas, desinformadas o nacionalistas de la vieja Europa? La paradoja y la responsabilidad de los grandes medios informativos norteamericanos es que ellos habían contribuido a crear el 'monstruo' que luego han sido incapaces de cabalgar. Donald Trump marcó la agenda, impuso su lenguaje, abrió los telediarios, insultó a los medios, se saltó las reglas. Pero daba audiencia. Claro.

Esa es la trampa en la que están cayendo muchos medios -y no solo en EE UU- al tratar a los nuevos líderes populistas como protagonistas de un gran reality que deja réditos en audiencia sin tomar en cuenta que están alimentando la Némesis. Entonces la opinión pública da espalda a la verdad y vive de convicciones basadas en informaciones artificiales y resentimiento. Como ha dicho Dominique Moisi, consejero especial del Instituto Montaigne: «La política espectáculo se revuelve contra sus protagonistas arrastrando a una misma crisis de legitimidad a políticos y medios». El populismo se está convirtiendo en el mayor enemigo de los medios tradicionales y muchos, o no se percatan o prefieren seguir alimentando sus audiencias.