Las Provincias

FUE LA «CALÓ»

Para conseguir gloria de ultratumba conviene palmar en plena sequía de cadáveres exquisitos pues, de lo contrarío, tu muerte se diluye. Al otrora campeón del mundo de los pesos ligeros Perico Fernández incluso en esto le ha acompañado la mala suerte. Se nos ha marchado entre dos finados ilustres, el cantautor Leonardo Cohen y el titán literario Francisco Nieva. De ahí que, los articulistas, salvo excepciones, hayan escogido a tan insignes muertos para sus glosas dejando al pobre Perico en el cuadrilátero de las necrológicas.

El boxeo se diría que ya sólo interesa para aliviar las secciones fúnebres de los papeles pues, en estos tiempos de correcciones políticas, dos hombres partiéndose la cara escandalizan a la manada pastueña que, en cambio, vibra con las violencias catódicas de los platós que cada noche vomitan su veneno. Sin embargo no olvido, entre las brumas infantiles de aquellos televisores toscos escupiendo imágenes en blanco y negro, que mi primera aproximación hacia ese noble deporte se la debo al combate celebrado en Bangkok entre Perico, boxeador tartaja de pegada explosiva como la nitroglicerina, y un pérfido tailandés (un púgil asiático es pérfido de necesidad) llamado Muangsurin. Recuerdo la voz histérica, tardofranquista del locutor. En cualquier momento, insistía, Perico lanzaría su recia mano contra el rostro del adversario y entonces lo tumbaría. Pero el anhelo se torció y el tal Muangsurin le derribó en el octavo asalto. Chafado yací. Alguien logró acercar un micrófono hacia el rincón de Perico y entonces se filtró el quejido del compatriota: «La caló, ha sido la caló». En efecto, nuestro campeón destronado aludía el lascivo calor de Bangkok como un marine cosido a tiros en la selva de Vietnam. La culpa fue de «la caló». Y ese lamento me ha perseguido todos estos años.