Las Provincias

VOTA 'SÁLVAME'

A Barack Obama le dimos el Premio Nobel de la Paz por pasar por la puerta y ante el triunfo de Donald Trump sólo falta que se organicen suicidios colectivos en plan secta milenarista. En un país en el que los asuntos internacionales brillan por su ausencia en el debate político es curioso que las elecciones de Estados Unidos han llegado a ser prácticamente un monotema en España durante días en las redes sociales digitales y en las que se tejen en las barras de los bares, las máquinas de café y a las puertas de los colegios, después de dejar a los críos.

En esa clásica actitud que nos pierde a los europeos, cunde la sensación de que los americanos son idiotas y han elegido lo que nos parece un Jesús Gil y Gil más alto, más rubio y más rico... vamos, ¡a la americana!

Sin embargo, hay que reconocer que las opciones que tenían sobre la mesa no eran ningún regalo. Por una parte, Hillary Clinton, acosada por el FBI y las denuncias de enriquecimiento irregular en compañía de su marido, y por la otra, el exhibicionista magnate que muchos estadounidenses conocen por ser jurado de una especie de Operación Triunfo empresarial que tenía más de un 'Sálvame' emprendedor que de un MBA en el IESE.

Y es que, los americanos han preferido jugársela y votar lo que sale en la tele, la imagen del ganador, el brillo del triunfo, aunque se tenga poca idea de cómo se ha creado esa sombra y de si el 'Umbral de incompetencia' pueda estar a la puerta de la Casa Blanca para alguien que triunfó en campos que además poco tienen que ver con el compromiso por los demás y la responsabilidad pública.

El problema es que este tipo de aventuras no son nuevas y ya han demostrado sus inconvenientes. Ahora que está tan de moda la serie 'Stranger things' y su ambientación en los años 80 llama a la nostalgia y al consumo de joyas juveniles de aquellos años como 'Los Goonies', 'Exploradores', 'Juegos de guerra' o 'Cuenta conmigo', lo cierto es que también debería recordarnos quien estaba al frente de la primera potencia mundial entre 1981 y 1989.

Efectivamente: Ronald Reagan. Un actor de películas de vaqueros con una desbordante popularidad que llevó a un proceso de desregulación y bajadas de impuestos tan popular como arriesgado, si no se sabe llegar al punto justo en el que la satisfacción individual puede llevar a la anemia colectiva en infraestructuras y servicios públicos. No es casualidad que su sucesor, George Bush (padre) terminara cayendo a manos del Bill Clinton bajo el eslogan: «The economy, stupid», al vender con menos carisma los mismos remedios que su antecesor cuando ya no eran los apropiados.

A algo parecido nos podemos enfrentar con Trump... sin contar que deberían ser conscientes en Kansas de la cara que se nos va a poner a todos si llegan los marcianos y les presentamos a este personaje como líder del mundo libre.