Las Provincias

RAÚL CONTRA ED WHITLOCK

Puntual como siempre a su cita, el primer domingo de noviembre salvo que un huracán deje la ciudad patas arriba, se celebró el maratón de Nueva York. La carrera con la que sueña cualquiera corredor. Yo la probé en 2008 y no defrauda. Es dura, con sus puentes arriba y abajo, con esos socavones por las calles de Brooklyn o esa cuesta a traición, ya en Central Park, que a esas alturas parece el Angliru, pero muy grata con un público que anima sin descanso. Con entusiasmo, sí, pero también con cariño. Niños que te chocan la mano, señoras que aparecen en un margen con una bandeja repleta de rodajas de plátano, ciudadanos anónimos que al verte penar, con el muro hecho trizas sobre tus espaldas, te hacen una mueca de compasión mientras sueltan un «come on!» que te llega al alma.

Es la carrera de las carreras. Las hay más antiguas, mejores, más rápidas, pero donde quiere correr todo el mundo es en Nueva York por la misma razón por la que donde quiere viajar todo el mundo es a la Gran Manzana. Y por eso cada año es fácil encontrar a famosos incrustados entre sus 50.000 corredores.

Este año ha llamado la atención la presencia de Raúl, aquel delantero tan bueno como sobreprotegido por la prensa de Madrid. Viejos tics que recuperaron el lunes, cuando pudimos leer crónicas, ya sin balón, ya sin porterías, ensalzando su galopada. Titulares manchando páginas de lado a lado, caracteres a cuerpo 40 hablando de Raúl como si fuera un portento.

Nada nuevo, en realidad, pero algo ridículo. Porque no seré yo quien diga que no es digno que un exdeportista profesional -y en contra de lo que opina desde el sillón mucha gente, los futbolistas son unos atletas tremendos- acabe un maratón en tres horas y 26 minutos, pero de ahí a encumbrarlo a la altura de la proeza media un abismo. Porque si se apuran los adjetivos con él, qué queda para una auténtica heroicidad como la protagonizada por el mucho más desconocido Ed Whitlock.

Ed Whitlock es un corredor de 85 años que hace unos días batió el récord del mundo de veteranos al bajar de las cuatro horas (3:56.38). Insisto, con 85 años. Sí, piensa en tu abuelo. Yo, en Nueva York, con 38 años, no corrí mucho más rápido que él. Whitlock envejece como los ángeles. Cuando tenía 72 años corría los 42,195 kilómetros en menos de tres horas. Y hace cinco años, con 80, corría diez minutos más rápido (3:15.54) que el elogiado Raúl. Eso sí que es asombroso, eso sí merecería titulares en letras bien orondas.

Este insólito corredor parece reirse de la muerte y cada día entrena su particular estilo -él dice que lo suyo no es mucho más que andar rápido- dando vueltas a un óvalo de 500 metros que hay dentro del cementerio que tiene a cien metros de casa. Tampoco se deja deslumbrar por su fabuloso registro. Solo pudo entrenar dignamente durante dos meses y asegura que con un tiempo más favorable el día de la carrera y seis meses de preparación hubiera estado rondando los 3.40.

Mataría por servirle una cerveza bien fría en mi cantina y parlotear un buen rato con él. Preguntarle qué piensa de estos neocorredores que se llaman runners y que recubren su cuerpo de carísimos complementos. Whitlock sigue utilizando unas viejas Brooks de escasa amortiguación tras 15 años chafando el asfalto de Ontario.

Tampoco se siente a gusto con el rol que, entusiastas como yo, le endilgamos. «No me considero una persona inspiradora. No soy uno de los que le guste subirse a un escenario y decir: 'Ustedes también pueden hacer esto'». Es más, se siente algo avergonzado, intimidado. Él prefiere predicar a su manera. Calzarse las zapatillas y echar a correr.

Un artículo del 'New York Times' ponía en valor lo que hace este corredor y 'traducía' su registro para que todo el mundo entendiera su grandeza. Sus 3:56.38 tienen el mismo mérito, ya en el terreno de las suposiciones, que si un corredor de 20 años entrase en la meta en 2:03.57, solo un minuto exacto más lento que el récord del mundo absoluto del keniano Dennis Kimetto.

Lo mejor del caso es que de joven, en Londres, era un atleta del montón. A los 41 decidió tomarse en serio las carreras de larga distancia y al jubilarse como ingeniero de minas está barriendo todos los récords. Su madre murió a los 93. Y un tío a los 107. Así que aún le quedan muchas carreras por delante.