Las Provincias

Una presidencia imprevisible

Muchos de los votantes de Donald Trump reconocen que les preocupa sobre todo el alto grado de imprevisibilidad del presidente electo. Enseguida desvían la conversación hacia cómo estaban de cansados de las continuas lecciones desde el púlpito de Barack Obama o cómo Hillary Clinton, movida por una ambición descarnada, arrastraba un pasado con errores que la hacían poco de fiar. Pero cuando uno insiste en saber cual puede ser la agenda de Trump en la Casa Blanca, lo mejor que escucha es que delegará mucho porque le aburren y le frustran los detalles, prefiere ver la televisión a trabajar muchas horas y «una vez ha ganado estas elecciones ya no tiene grandes objetivos».

También estas voces afirman que intentará fomentar la libertad económica, dentro del país, se entiende, porque hacia fuera solo ha hecho promesas de proteccionismo sin importarle las guerras comerciales que puede desatar. Parte del problema de no saber para qué llega Trump al poder, una vez ha dado voz y cauce a los múltiples miedos de la América oculta, es el reconocimiento de que él nunca esperaba la victoria, aunque proyectara en cada una de sus apariciones la seguridad del que solo admite ser ganador.

Este millonario ex demócrata se ha limitado a ir tan lejos como le ha dejado el proceso electoral, gracias a la táctica de proyectar una imagen sincera y auténtica. Ha sido inmune a los matices y el esfuerzo intelectual necesario para abordar los asuntos públicos. Ha hecho además de los cambios de humor y de opinión un arma electoral, un espectáculo retransmitido por televisión y por las redes sociales 24 horas al día, en el que lo increíble y lo nunca expresado en términos de negatividad enganchaban a una audiencia muy amplia. Ahora estamos ante un presidente que será capaz de tomar una dirección y enseguida la contraria, dependiendo de su intuición y su deseo de conectar con unos u otros votantes. Es un líder sin suficiente capacidad de control sobre su ego, nada dado a la escucha reflexiva y la autocorrección.

Para empeorar las cosas, muchos ciudadanos, tanto partidarios de Trump como sus máximos críticos, viven la resaca de las elecciones muy movilizados. Unos están dispuestos a exigir al nuevo presidente virajes inmediatos y radicales, con el fin de pulverizar el legado de Obama. Otros, por el contrario, protestan para pedir una moderación y un respeto a las minorías que hasta ahora no ha desplegado. La condición de única superpotencia de Estados Unidos hace que la imprevisibilidad y la inexperiencia del nuevo presidente sea un dato todavía más alarmante. Basta con repasar sus 'tuits' durante el último año y medio, en los que desgrana una visión irreal y poco contrastada sobre cómo abordar los retos domésticos e internacionales. En breve tendrá que bajar a la arena y lidiar desde el despacho oval con la tozuda complejidad de la política.