Las Provincias

¿Y por qué no en pijama y zapatillas?

Desde muy antiguo, en todas las civilizaciones, en todas las culturas, en todas las épocas, incluso en todos los regímenes políticos, los seres humanos de cualquier clase y condición han reservado ropajes especiales para acontecimientos señalados. También las personas más humildes tenían entre sus escasas pertenencias una túnica, o una capa, o ua levita, o un vestido destinado para celebraciones civiles o religiosas en las que no se podía ir como se va a trabajar a diario. Tan sólo los esclavos, los que no poseían nada, o los indigentes, carecían de este tipo de prendas para bodas, bautizos, entierros, torneos, proclamaciones, desfiles... Sin embargo, en algún momento de nuestra historia más reciente, un genio de la lámpara relacionó el vestir desaliñado con una determinada forma de pensar, con una ideología que se ha dado en llamar progresista. Así, cuanto más desarreglado vayas, más progre eres. De tal forma que, según esta simplista nueva moda políticamente correcta, el traje de chaqueta completo con corbata o la americana con camisa serían atuendos exclusivos de la casta mientras la camisa arremangada con zapatillas de deporte vendría a ser el uniforme perfecto de los que se presentan como portavoces y defensores de «la gente», el pueblo llano, un colectivo que, sin embargo, sigue aplicando la inveterada costumbre de arreglarse cuando toca, con mejor o peor gusto, pero esa es otra cuestión. El problema, como siempre, es saber dónde se pone el límite, por lo que una vez abierta la puerta del todo vale nos encontramos con que la camisa arremangada ya no es suficiente, así que recientemente hemos podido asistir al espectáculo de ver a un concejal del todavía Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia acudir con pantalón de chándal a un acto que tenía lugar en el solemne salón de plenos, escenario que ha llegado a acoger sesiones de las Cortes españolas durante la capitalidad valenciana de la idolatrada II república. Y es que cuando no hay normas, cuando lo que se impone es que el protocolo no sirve para nada y no es más que una invención de aristócratas y burgueses, cuando se relaciona el aspecto físico con las ideas, al final pasa lo que pasa. Por lo que mucho me temo que de seguir por este camino va a llegar el día en el que a un concejal o a un diputado de los más progres entre los progres le suene el despertador, vea que se le ha hecho tarde y decida tranquilamente presentarse en el Ayuntamiento, en Les Corts o en el Congreso con su pijama, sus zapatillas de andar por casa y, si hace frío, su batín de cuadros. Y cuando llegue el verano lo peor no serán los que presidan una ceremonia con el inevitable uniforme del pantalón corto, las chanclas y la camiseta sin mangas sino los que ya puestos, ancha es Castilla, se decidan por el tanga de leopardo y el pecho lobo, un look reservado en principio para las ocasiones íntimas con su pareja o parejo pero que... oye, al fin y al cabo, ¿qué más da?