Las Provincias

¿Qué nos pasa?

Nuestras vidas están llenas de ruidos; de hecho vivimos en un mundo ruidoso, y con ello no me refiero al estruendo que pueda proceder de las bocinas de los coches guiados por conductores ansiosos, ni tampoco a la algarabía periódica de los botellones de nuestros barrios, ni siquiera al alboroto de los jóvenes vecinos de inmueble que de vez en cuando montan una fiesta en su casa. El rumor constante que evoco es el incesante fluir de noticias, de impactos informativos que cada día nos envuelve y frente al cual somos incapaces de generar una mínima disposición de reflexión o de análisis, porque para ello sería menester una práctica del silencio, de la cual carecemos cada día más. El sigilo sosegado que reivindico no radica tanto en la ausencia de todos esos sonidos diversos a los que me refería al principio, sino en una quietud interior que nos posibilite analizar y razonar acerca de lo que nos sucede cada día, de lo que está pasando y de lo que nos está pasando. Valga el recuerdo de Ortega, cuando escribía que lo que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa.

Como digo, las noticias se nos ofrecen vertiginosamente, sin apenas tiempo para reparar en su significado, también sin ámbitos sociales para debatirlas con calma. Coexistimos en un torbellino de estímulos, acaso como en aquella noria vibrante y sin sentido a la que se refería, desde su profundo nihilismo, Nietzsche en su obra 'La gaya ciencia'. Andamos ahítos de novedades que diariamente nos transmiten los medios y las redes, pero cada vez somos más incapaces de pensar, sino que acumulamos datos, sin apenas disposición alguna para desentrañarlos críticamente.

Hay acontecimientos significativos respecto de los cuales la sociedad pasa como sobre las ascuas, sin detenerse siquiera en su contemplación por temor a abrasarse. Pongo por ejemplo lo que compartí con diversos amigos como preocupación palpitante hace unos días. Resulta que diversas asociaciones y entidades educativas secundaron a bombo y platillo una llamada huelga de deberes escolares, consistente en que determinados padres animaron a sus hijos a no cumplimentar ese fin de semana las tareas que les habían encomendado centros y profesores, convirtiendo en transgresión actual y efectiva una postura que pudiera ser susceptible de discusión en espacios políticos o pedagógicos más amplios, pero que nunca debió convertirse en una suerte de complicidad paterno filial frente a las obligaciones. No sé en cuantas familias se siguió tan singular metodología educativa, pero lo cierto es que esta ácrata propuesta tuvo una amplia difusión en los medios de comunicación. Si usted, lector, fuera profesor, ¿qué le podría decir a su alumno el lunes cuando le respondiera que no ha realizado las tareas oportunas, porque sus padres le han dicho que no las hicieran?

Como nos falta la disposición a la cavilación, los padres que siguieron la consigna probablemente no se dieron cuenta de la erosión que su postura suponía respecto de la autoridad del aula, del maestro y de la escuela, e incluso del propio respeto en el espacio del hogar, porque su insensata actitud de poner en cuestión la normatividad académica implicaba como consecuencia la enseñanza a los hijos de que todo mandato es discutible, hoy el del ámbito escolar, mañana el de la propia organización doméstica. Ciertamente, por encima de los males que ha supuesto para nuestro sistema educativo la proliferación de inestables leyes que lo han regido (nada menos que siete en los últimos años), el verdadero cáncer de nuestra academia ha sido y es la cercenación constante del respeto al profesorado, la alianza acrítica de los padres con sus hijos frente a cualquier medida disciplinaria adoptada por maestros o centro, y la permanente tendencia a trasladar a los ámbitos académicos la inculcación de determinadas bases mínimas de comportamiento y convivencia, tarea que correspondería a la familia y no al centro docente.

Parece como si hoy palabras como disciplina, orden, rigor, esfuerzo, fueran vocablos que situaran a quienes las profieren en la esfera de lo reaccionario o de lo autoritario, pero son dimensiones del comportamiento humano necesarias para el propio crecimiento personal desde el punto de vista individual, e imprescindibles para construir una sociedad habitable, desde la perspectiva comunitaria. No se trata de llegar a la exagerada postura de Goethe, cuando afirmaba que prefería la injusticia al desorden, pero sí de concluir que sin normatividad no cabe equilibrio humano alguno y de afirmar que la civilidad como virtud social se empieza a internalizar en el seno de la familia. La fenomenología humana, nuestra propia historia, nos muestra que sin norma no hay orden y sin orden hay caos.

En este contexto discursivo, me viene a la cabeza el dramático caso de una niña de doce años que hace unos días moría víctima de un coma etílico, situación que no era inédita, pues ya había sido llevada a su casa por la policía local varias veces en estado de embriaguez. ¿Feneció víctima de la norma o del caos, acabó con ella el orden o el desorden? Luego, eso sí, el impacto de la noticia desaparecerá en unas horas, sustituida por otras nuevas, los minutos de silencio se diluirán en otros tantos consecutivos por las variadas desgracias que nos afligen, la responsabilidad de quienes la tenían se intentará diluir judicialmente en la Administración pública. Acaso nadie dedique uno de los minutos de silencio a meditar sobre lo que nos está pasando, como diría Ortega.