Las Provincias

HUELLAS EN LA CANAL

La canal a la que me refiero se quedó olvidada en un viejo barrio limitado por campanarios, mostrando la cabecita de niño, que también podría ser de un ángel en nube de merengue, o de un duende en cocina de beata, o de un Cupido lanzando flechas. Lo que nunca puede recordar es la imagen infantil que aparece en televisión anunciando chocolatinas o hamburguesas, porque no es pelirrojo, no tiene pecas y picardía.

Las canales con camafeo de querube, de mujer/vejetal, de dios griego o egipcio, fueron un lujo en hierro colado que nadie apreció; como mucho se integraron en el paisaje cotidiano de la rutina callejera, en el recorrido de todos los días: «Ahora veré a la portera sacando el canario; ahora el gran portalón con el llamador de bronce; ahora me cruzaré con las colegialas del acné y el primer vello en las pantorrillas; ahora doblaré la esquina con la canal del niño.»

Huellas y más huellas fue dejando el tiempo en esa canal; la buscaban los chuchos en la salida nocturna, servía de apoyo en apretados brazos. Pintaron nombres y fechas, la revistieron de colores cuando en el ultramarinos próximo vendieron cervezas y los chicos se pasaron a la litrona, la saliva y el vocabulario de puta madre.

Llegó la época del traspaso de la inmobiliaria. Cerró la tienda. Se fue la portera con su canario; se vació la finca, pasaron los años y un buen día alguien anunció que no se derribaría el inmueble porque iban a proteger aquella zona. Sucedió que en la fachada colocaron un enorme cartel que pregonaba: 'Rehabilitación'. ¡Oh!, ¡ah! La cenefa y la barandilla eran modernistas, reproduciendo la famosa salamandra.

Todo se tenía que cuidar, que recuperar. Todo. ¿Y la canal? La canal del niño no constaba en los proyectos. Por fortuna, de momento, sigue allí, recordando tormentas de infancia, cuando la lluvia saltaba a borbotones en el tejano. Sucedía en las últimas tardes de septiembre, a la vez que se abrían los armarios y se esparcía el olor a naftalina.

La canal con la carita del niño continúa allí, olvidada, excepto para los que nos despierta vivencias lejanas.