Las Provincias

EL ÚLTIMO QUE CIERRE

Me gustaría teletransportarme al barrio de San Telmo en Buenos Aires, esquina Chile y Defensa, y sentarme con Mafalda en su banquito. «Oh my God!!», le exclamaría. «Cómo tenemos nuestro planetita», susurraría. Ella, que nunca creció, me soltaría unas contundentes lágrimas de cocodrilo y me balbucearía su ya famoso: «paren el mundo que me quiero bajar». Y remataría con una de las reflexiones de Quino que producen inquietud: «Lo peor es que el empeoramiento empieza a empeorar».

Uno tiene la sensación de estar viviendo en un planeta en el que, desde las alturas, alguien a modo de Gran Hermano, se lo debe estar pasando pipa jugando con los humanos al parchís del despropósito. Debe estar tronchándose viendo como, a las hormiguitas esas de aquí abajo, se nos salen las órbitas de los ojos al ver que lo imposible empieza a ser lo previsible. Que lo lógico ya es ilógico. Que el mundo se ha puesto boca abajo y andamos todos del revés.

El planeta en el que vivimos ha pasado a ser una caricatura de lo que los grandes pensadores predican. Un viñeta hecha con cuatro trazos -se podría llamar garabatos- en la que en vez de predicar la desaparición de las fronteras y las puertas abiertas -solidaridad y libertad, para hablar claro- se imponen muros y banderas, los nacionalismos exacerbados, con el ombligo como único epicentro de todo lo que nos está pasando. Yo y yo y mi otro yo como animal de compañía.

En Estados Unidos han dado el último zarpazo a la coherencia. Los estadounidenses han decidido vivir su propio capítulo de 'Los Simpsons' y han elegido -como pronosticó la serie hace 16 años- a un showman del radicalismo -evitaré la retahíla de adjetivos, que ya son sabidos- para que sea el faro que les ilumine durante los próximos años. Ave María purísima.

Vivimos en un planeta que necesita terapia. Contarle a algún psiquiatra qué le pasa. Un diván en el que hablar de por qué Trump se va a ir a vivir a la Casa Blanca, de por qué en Colombia aplazan una paz tan ansiada, de por qué gana el Brexit, la religión se convierte en arma, el terrorismo se hace más cruel cada día y a la gente, con medidas globales en nombre del bien común, se le destripa. Necesitamos terapia. Un diván. El problema es que el doctor, posiblemente él también, hubiera votado a Trump.

«Un día los caballos vivirán en las tabernas / y las hormigas furiosas / atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas», escribió Lorca desde Nueva York en su metafórico poema Ciudad sin Sueño. Imposibles versos llamados a ser realidad, porque si Trump va a poner sus pies sobre la mesa del despacho oval, ya todo es posible. Hasta que Cohen se haya marchado. El último que cierre. Besos.