Las Provincias

TEMPLANZA

Mantiene su empresa con notable vigor. Paga noventa puntuales nóminas al mes y cuando la Navidad afila su dentadura voraz de villancicos grimosos regala un señor jamón a cada empleado. El jamón es lo mejor de la Navidad porque representa una especie de pequeño amigo muerto que favorece nuestro canibalismo mental y satisface nuestros sencillos caprichos nutritivos. Admiro a este amigo empresario que no sólo no explota a sus currantes, sino que se levanta a las cinco de la mañana y acaba su tarea a las tantas de las noches. «Madruga mucho y esfuérzate al máximo, no hay más secretos», me apunta cuando le pregunto como una ametralladora. Atiende los consejos de los asesores de las escuelas de negocios que, por otra parte, aunque asesoran mucho jamás han levantado una empresa. Pero no puede evitar una sonrisa irónica porque regresa a su máxima de los madrugones y el esfuerzo. «Si es que no hay más», insiste. Lo que valoro sobremanera de él es su templanza exquisita cuando estallan los grandes pifostios globales de corte tenebroso. «No va a pasar nada, la gente seguirá viviendo...», afirmó cuando el Brexit se suponía que iba provocar una catástrofe irreparable. Frente al histerismo que nos ataca cuando las circunstancias quiebran el guión establecido, él jamás pierde la compostura, los nervios, ese elegante escepticismo. Distingue entre la macroeconomía y la calle y, pese a los baches de la crisis, las manías del consumidor y los vaivenes huracanados del mercado, su empresa sigue prosperando porque se adapta, amplia, mengua, rectifica y regatea con el arte del mismísimo Messi. Ni siquiera se inmutó ante la posibilidad de un coletas formando parte de un hipotético gobierno, lo cual me maravilló. «No hubiese pasado nada...», sigue opinando hoy. Empiezo a sospechar que no le falta razón.