Las Provincias

No nos representan

Llama la atención que las pancartas con las que se han manifestado algunos contrarios a Trump tras conocer su victoria sean parecidas a las que vimos aquí en el 15-M. Si en España decían «no nos representan» refiriéndose a la clase política tradicional y a los partidos anclados en el poder, en Estados Unidos claman con un «no es mi presidente» para referirse a un sistema que también tiene fallos. Allí los seguidores de Clinton protestan porque su candidata, habiendo obtenido más votos, ha conseguido menos Estados. Es la perversión del sistema norteamericano que otorga un Estado a un candidato con el 51% de los votos. Por eso se escucha en estos días una expresión que también en España han hecho suya partidos con votos sin representación parlamentaria: «una persona, un voto». Aquí la concentración de votos en una provincia da prioridad al partido ganador no ya a nivel provincial sino estatal. Así, podemos ver al PNV o a ERC en el Congreso de los Diputados con menos votos que el PACMA solo porque son capaces de reunir su fuerza en ciertas zonas de España.

Ambos procesos son similares y el triunfo de opciones populistas también porque comparten un mal global al que deberíamos atender antes de que vaya a más la desafección de los ciudadanos por sus errores. Estamos asistiendo al descrédito de la democracia representativa y poniendo en cuestión sus beneficios. El ciudadano de hoy en Occidente no quiere sentirse parte de un grupo que confía en un portavoz que le representa sino que quiere alzar él mismo su voz, sin mediadores ni intérpretes. Algunos canalizan esta frustración apelando al sistema asambleario, como hizo el 15-M en España y simula hacer Podemos. Digo simula porque no está claro que la actual dirección emane de las bases y quienes hablan en su nombre sean, realmente, quienes representen a todos.

El problema de la negación de la representatividad es que las normas de juego todavía no nos permiten apoyar esa afirmación de los críticos de Trump que no lo consideran su presidente. No son los únicos. También en España los ataques constantes a Rajoy están en esa línea. Reniegan de él porque su presencia en La Moncloa se atribuye a un grupo de fanáticos que le ha aupado hasta allí pero cuyas locuras no son compartidas por todos. Es el problema derivado de la diferenciación entre gobernar para un partido o para un país. Cuando juran el cargo, dejan de estar al servicio del partido -deberían incluso dejar su presidencia- y lo están al servicio de todos los ciudadanos, también de los que no les han votado. Ellos deben creerse esa mutación pero también los ciudadanos aceptar que la democracia es esto. Si se cuestiona no es solo por los personajes sino por la crisis de la democracia participativa. La transición hacia no se sabe bien qué debería empezar ya para evitar que sea traumática. O corregimos, o inventamos algo nuevo que dé respuesta a esa inquietud.