Las Provincias

EL USO DE LA CUCHARA, RESTRINGIDO

En Valencia siempre se comió el arroz, lo mismo el caldoso que el seco, con cuchara. El Setentón recuerda que en su casa, cuando era soltero, y como en todas las casas valencianas, nunca dejaba de ponerse la cuchara en la mesa, si el primer plato era de arroz, fuera como fuese. Si algún comensal hubiera intentado comerse el arroz con el tenedor, las carcajadas de los compañeros de mesa le hubiesen interrumpido su extraño procedimiento. Hoy, en muchas casas, se como el arroz, cuando no es caldoso, con el tenedor. Fue una moda introducida por gente cursi que vio fuera de Valencia, en las mesas de algún postín, servirse el arroz como adorno de determinados platos, n i más ni menos que se hacía con muchas verduras, y creyó de buen tono desterrar la cuchara, siempre que le servían arroz seco. A fuer de valenciano, y de los que se llaman de 'soca', y aun cuando desterrando todo lo que huele a grosería, el Setentón continúa siendo leal a la tradición y no restringe los servicios que siempre le fueron propios al primero de los tres cubiertos que constituyen trinidad intangible. Es más, ha podido comprobar que el arroz, con el tenedor, no sabe tan bien como con la cuchara.

Servirse un plato de paella, el plato regional por excelencia, y rodearlo de tenedores, sería el anacronismo más grande conocido. Dadle a cualquier valenciano, en una de esas paellas hechas en el campo, como nota especial de una excursión, un tenedor, y os lo tirará a la cabeza. En estas paellas campestres es de rúbrica el uso de la cuchara de madera. ¡Y cómo sabe el arroz con una de esas cucharas de palo, como se les llama! No todos saben comer con ellas. Al ser planas, o semiplanas, no se recoge bien el arroz, pero el valenciano clásico sabe 'plancharlo' en ella y no pierde ni un solo grano.

La evocación del antañón uso de la cuchara nos conduce a recordar la costumbre, aún observada en muchas casas donde el hogar lo constituyen padres e hijos, de servir siempre la madre, la cual 'hacía' el primer plato a su esposo y después a los hijos, por edades, comenzando por el mayor y acabando con el más pequeño. La última en servirse era la madre. ¡Con qué tino tan certero dejaba siempre contentos a todos y que nunca se formulasen protestas! Lo cual no es poca habilidad. Si alguna vez, distraídamente, padecía alguna equivocación, era ella la que resignadamente sufría las consecuencias, antes que mermar la ración que correspondía a la cocina. La mesa la bendecía, según la costumbre de familias, en unas el padre y en otras la madre. El padre, en muchas casas, se encargaba de cortar las rebanadas de pan de unas piezas de media libra que se llamaban pan blanco, en contraposición de otro pan, también muy sabroso, que se distinguía con el nombre de pan moreno, o de huerta, de precio más barato y que era el que se 'comía en la cocina'. Este pan moreno, el propio de las clases populares, era muchas veces, en determinadas ocasiones, especialmente en las temporadas de verano en los pueblos de la región, preferido al pan blanco por las clases burguesas. ¡Quién que cuente con crecido número de años no dio buena cuenta de una 'pataqueta en llomello y fabes'!

Aquel lugar antiguo, tan subordinado a los padres, y que tanto se recomienda, ¡cuán distinto del de ahora, en el que ni siquiera se guarda aquel respeto de sentarse a la mesa todos los de la familia a la misma hora!