Las Provincias

Carta abierta al pintor Antonio López

Estimado don Antonio, ayer pasé junto a un pequeño campo de membrilleros. Recordé al instante el filme protagonizado por usted en 1990--'El sol del membrillo'-, en el que compartió autoría con el director cinematográfico Víctor Erice. Y decidí escribirle esta carta. Le diré que era un terreno de secano con pocos árboles, pero cuyas irregulares copas acogían multitud de carnosos frutos grandes y pesados. Su aspecto lustroso, la intensidad de su color amarillo, el brillo de sus dorados reflejos, su penetrante aroma y la ausencia de la inconfundible borra gris que los envuelve en su fase de formación. me advirtieron que se encontraban en el culmen de su maduración y que sería inminente su recolección.

No han sido los membrillos su única representación artística de las labores agrícolas del Tomelloso en que nació en 1936. Vides, almendros, calabazas y otros cultivos evocan también en su obra el pasado rural de sus raíces familiares, como hijo mayor del matrimonio manchego de labradores acomodados constituido por sus padres. Pero ha sido gracias a aquel largometraje premiado en el Festival de Cannes como hemos podido conocer el proceso creativo que rodeó la elaboración de la pintura del membrillero del patio de su casa madrileña.

Al igual que en el resto de sus cuadros (en los que, tanto reflejen paisajes urbanos, como personas de su familia u objetos cualesquiera de su entorno vital, busca siempre la poética encerrada en la cercanía de su cotidianidad), cada una de las pinceladas que configuran su producción destila -en plasmación lenta y meditada- la detallada esencia de un hiperrealismo pictórico. Fiel a sus ideas de siempre, usted ha sabido transitar por el escenario artístico de su tiempo («caótico, fascinador y sorprendente», según su opinión, «en el que hay más libertad que nunca, pero también mucha morralla, como en la sociedad en su conjunto») desarrollando una obra personalísima e independiente.

Como sus membrillos precisaron del cielo abierto para madurar con el aire y la luz, también los personajes reflejados en sus retratos familiares muestran seres humanos que tienen un sentido trascendente de la vida. «Yo noto que lo tengo. Quizá sea más una forma de sensibilidad», afirmó usted hace poco. Es la misma tendencia que, en aquellos domingos de su época de estudiante en la madrileña Escuela de Bellas Artes de San Fernando, le movía a ir a misa a primera hora de la mañana, para después encerrarse en el Museo del Prado a contemplar pintura hasta el mediodía.

Quizá fue ya entonces cuando descubrió que «el hombre tiene unas facultades muy nobles en las que todo el mundo debe pretender reconocerse» y que le llevaría a ser partidario de un arte que transmita algo para todos. Esta convicción le granjeó la estima de un público que llena incesantemente los museos donde -como apetecibles membrillos maduros- expone su arte, hasta hacerle confesar que «es el aprecio de los demás [hacia tu obra] lo que consigue que te consideres artista. Son los demás quienes dan forma real a tu ilusión de trabajar en ese territorio. Lo único real es que la sociedad te apoye y demande tu obra». De ahí que la venta de sus cuadros le proporcione «una enorme alegría, porque eso es lo que permite seguir trabajando».

Más aún, ha logrado ser el pintor español más cotizado en todo el mundo. Reconoce sin doblez que «el arte se mueve en espacios económicamente bien dotados. Siempre ha sido así. Giotto, Miguel Ángel, Leonardo, Picasso, Goya. iban donde había trabajo. Goya, al final, estuvo con los reyes y en sus cartas habla de lo bien que le va». De la misma manera, usted insiste en que, no obstante, «no se puede confundir valor y precio. Que tu pintura se cotice muy alta no te hace mejor».

Rodeado de la abigarrada escenografía que conforma el sinfín de materiales acumulados en su estudio artístico, imagino su rostro octogenario, ajado -como las ramas y el tronco de su membrillero- por el desgaste del trabajo y el paso del tiempo. Mientras lee mi carta en la pequeña mesa de la cocina de su estudio, mis palabras le harán evocar su carrera sin autocomplacencia. Más allá de sus relevantes exposiciones, premios y distinciones, seguirá reivindicando la austeridad y la discreción en el quehacer artístico y en la vida. Persistirá en su deseo de ser recordado "como alguien que quiso hacer bien las cosas: como pintor y como ser humano". Y, en el repaso de sus virtudes favoritas, concluirá: «Admiro la inteligencia, pero aún más a las buenas personas».

En el silencio de su habitáculo profesional, sin música -ha escuchado ya tanta que está saturado-, con la sola compañía de su gato, volverá a pedirle a la vida «que no pierda la vista, que pueda seguir trabajando y que [su] familia no sufra demasiadas adversidades». Yo también ruego a Dios que el próximo 6 de enero pueda celebrar su nuevo aniversario con todos esos deseos cumplidos. Y añado una intención más: que continúe creando belleza con la naturalidad que distingue a su propia existencia.