Las Provincias

La pedrea

Me da que la cercanía en el calendario entre la formación del gobierno con el sorteo de la Lotería de Navidad ha incrementado el uso de comparaciones entre el reparto de carteras ministeriales en función del lugar de nacimiento de los ministros, con un sorteo mágico de cuotas. La ausencia de ministros a los que calificar como valencianos se asimila a que el décimo al que supuestamente jugábamos como territorio no ha resultado premiado. Ahora, por lo que parece, nos hemos de conformar con los segundos premios, o lo que es peor incluso con esa pedrea de alguna dirección general, con la que tapar algún agujero presupuestario inminente. La familia semántica de la lotería como juego de azar, aplicada a la política, me llena de estupor. Entiendo que el ejercicio de la política debería tender a la objetividad por lo menos deseable, con poco azar, sin cuotas, y desde luego sin que nuestra participación, jugar, resultar agraciado, conformarse con este o aquel premio, pudiera ser el deseo final de toda nuestra estrategia colectiva. No sé de qué nos extrañamos. Si pésima es la consideración de la política en casa, sin identificar determinados asuntos como pacíficos, y haciendo de la división una marca indeleble, rematadamente desastrosa es nuestra manera de entender la percepción del Estado. No lo critico, pero nuestra infiltración en Madrid, la prédica de nuestros argumentos, el afecto a nuestros periodistas y cabeceras de comunicación, a los gestores y emprendedores, creadores o tuercebotas no ha sido nunca nuestro fuerte. Quizá ahí conviniera hurgar para identificar algunas de nuestras carencias sobre las que nos gusta derramar lágrimas de cocodrilo de identidad, cuando lo cierto es que nos causa un enorme trabajo echarnos al monte de la autopista o del AVE, porque lo que deseamos, en el fondo, es perder de vista Motilla y dormir en casa. Así nos va con ese AVE que ha sido más mecanismo de penetración ajena que instrumento de influencia propia. A Madrid se puede ir con el Aranzadi y la hoja de cálculo, o con la bandera y el diccionario, o con las dos municiones, pero si no libramos determinadas batallas en donde se plantean, y no nos acostumbramos a desplegar con insistencia pesada nuestro muestrario de carencias, continuaremos como siempre, consultando el BOE para comprobar, con un punto decimonónico, si nuestro número ha sido premiado. Mientras tanto, ni contamos, ni estamos, ni aspiramos, ni nadie nos espera, salvo que en alguna ocasión, y convenientemente jaleados desde casa, alguien aproveche nuestro desconcierto colectivo, para pegarnos el 'carxot' de los buenos y malos valencianos. Como azar, y salvo para algunos que siempre compran el billete premiado, también en la política, la lotería es un mal negocio. Con la edad, cuando se repasa el organigrama más allá del pantano de Contreras hay que conformarse con la devolución. «Que mos tornen els diners».