Las Provincias

La realidad se ríe de la ficción

Parece complicado que las empresas que se dedican a las encuestas salgan indemnes de tantos reveses como los que les está deparando la realidad. Posiblemente sea una de las profesiones más damnificadas por los inesperados resultados cosechados este año en los referéndum y procesos electorales. La otra es la de los guionistas. Qué complicado se lo están poniendo. Cada vez debe de ser una tarea más difícil sorprender al espectador en las series y películas. Cualquier giro inesperado parecerá pobre y poco trabajado. Lo de que la realidad supera a la ficción está tomando tintes insospechados. Habrá quien piense que directamente la copia. Porque lo de Trump ya lo habían previsto 'Los Simpson', que, visto lo visto, son más fiables que cualquier sondeo. A partir de ahora consultaremos sus episodios para saber lo que es posible que suceda y lo que no. Mejor nos irá.

Ocurrió en Reino Unido. La película iba sobre un pueblo que se encargaría de respaldar con sus votos el espíritu de unión entre los países, para hacerse los unos a los otros la vida más fácil, para apoyarse y darse fuerza en los momentos complejos. Al final la trama desembocó en un argumento bien distinto, el pueblo acomodado no quería servir de balsa de auxilio para el que se ahogase por problemas económicos. Allá cada cual. Frente a cualquier muestra de solidaridad, los votantes decidieron protegerse y salvarse ellos a costa de lo que fuese. Quien esperara un final feliz saldría decepcionado de la proyección. Lo mismo les pasaría a los que fueran a ver la película de Colombia. Se supone que pretendía retratar una reconciliación, la de una parte de la población, oprimida y dañada durante años, con sus opresores, ahora arrepentidos y dispuestos a colaborar en lograr un mundo conciliado. Pero no. A más de un espectador se le atragantarían las palomitas. El filme, al final, mostró que el ser humano es rencoroso y propicio al conflicto y que no está tan dispuesto a tender puentes para lograr la paz.

En España fuimos testigos hace unas semanas de una película que ni remotamente se le hubiese ocurrido a un guionista que pensase en la manera de reflejar en la gran pantalla la política en España. Trataba de un partido que decidía practicarse un harakiri en directo frente a propios y extraños, con el fin de salvaguardar el poder de unos pocos, a costa de dar la espalda a buena parte de su militancia y una patada a sus principios e historia. Ahora Trump se ha convertido en presidente de Estados Unidos. Ahí tenemos al frente de la mayor potencia del mundo a un personaje, que no sólo no oculta que es xenófobo y machista, sino que se vanagloria de ello, a un tipo que se ha dedicado toda la campaña a lanzar mensajes sin contenido y a atacar a minorías y grupos desfavorecidos. Los americanos, que saben más que nadie de cine, lo han convertido en su máximo representante. No es que la realidad supere a la ficción, es que se ríe de ella en su cara.