Las Provincias

¿De nuevo los años 30?

A la salida de la Primera Guerra Mundial, la grave crisis económica de los años 20 y 30 del siglo pasado llevó a la ruina a miles de empresas y a cientos de miles de ciudadanos al desempleo, a la pobreza y a la desesperación. En este caldo de cultivo, la crítica al sistema político democrático-liberal se extendió como una mancha de aceite por el continente europeo y así surgen con fuerza el fascismo en Italia y el nacismo en Alemania, y el comunismo se impone y se consolida en Rusia, tras una cruenta guerra civil que duraría varios años. Y el virus de estas ideologías radicales no tardó en infectar a otros sistemas democráticos centroeuropeos y, desde luego, a España. Lo curioso es observar que estos movimientos radicales llegan al poder precisamente cuando en muchos de esos sistemas políticos se comenzaba a experimentar ya una tenue, pero progresiva, recuperación económica y cuando, como es el caso de España, se inauguraba un nuevo régimen político más abierto y democrático que el anterior.

El discurso político de los movimientos radicales del momento está plagado de afirmaciones retóricas que mezclaban distorsionadas y exageradas descripciones catastrofistas de la realidad con idílicas perspectivas de radiantes futuros de bienestar, sin desempleo, sin pobreza y con plena integración política de los más desfavorecidos. La culpa de todos los males sociales la tenían la democracia liberal, los viejos partidos, el sistema bipartidista, la élite dirigente, los políticos corruptos, el régimen político, el sistema decadente, la burocracia, los líderes débiles... Ante este panorama, la soluciones que se ofrecen entonces son simples: hay que sustituir a la democracia liberal por un nuevo sistema con nuevas formas de participación y de representación política, se le denomina nueva democracia, democracia participativa, democracia popular, democracia corporativa, nuevo constitucionalismo, etc. Es decir, el parlamento no representa verdaderamente a los ciudadanos, a la gente; la democracia está en la calle, en los núcleos de participación extraparlamentaria -agrupaciones, movimientos, sindicatos... Los partidos tradicionales han de ser sustituidos por nuevos movimientos políticos que se antoja más abiertos y omnicomprensivos -nacionales, populares, etc.-, no de izquierda ni de derecha. Se llega incluso a rechazar el término partido para autodenominar a estos movimientos políticos.

La burocracia dirigente y los débiles líderes políticos del sistema han de ser sustituidos por nuevos líderes carismáticos, que controlan de manera férrea los aparatos de los movimientos emergentes y que arrastran a las masas con discursos agresivos y provocadores y, desde luego, sectarios. Se trata de hacer ver que el adversario político es realmente un monstruo que representa -y que es la causa de- todos los males. No basta con derrotarle en las urnas, hay que aislarlo y hacerlo desaparecer. En este sentido, las respuestas del adversario y las críticas de los contrarios -no importa lo fundamentadas que puedan estar- son siempre maliciosas mentiras, montajes artificiales dirigidos a destruir la bondad del proyecto propio y el prestigio de los nuevos líderes.

Y el futuro que se ofrece es idílico, cargado de descripciones poéticas, en algún caso verdaderamente cúrsiles: un nuevo amanecer, el renacimiento, un nuevo país, devolver el poder a los ciudadanos, democracia auténtica, democracia participativa, recuperar la soberanía, asaltar los cielos... ¿No le suena conocido al lector este panorama? ¿No le suenan conocidas estas afirmaciones? Sí, claro que sí. Pero, pero no es sólo el pasado, no son las frases y los discursos de Benito Mussolini, de Adolf Hitler, de José Antonio Primo de Rivera, o de otros muchos dirigentes y militantes de la izquierda y de la derecha de los años 20 y 30 del siglo pasado; son también las frases y discursos de los líderes populistas de la actualidad, en España y en otros países: los mismos discursos, las mismas ideas.

Es verdad que la situación política e internacional no es en la actualidad la misma que la de los años 20 y 30 del siglo pasado. Y es también verdad que la situación interna de los Estados que hoy experimentan el populismo no es la misma, como tampoco se puede decir que sean iguales líderes políticos como Nicolás Maduro, Marie Le Pen, Viktor Orban, Vladimir Putin, Alexis Tsipras, Geert Wilders, o Donald Trump, por citar sólo a algunos destacados líderes populistas que, desde el poder o desde la oposición, mantienen hoy un discurso político similar y ofrecen soluciones simplistas, sectarias, nacionalistas e irrealizables, a problemas complejos que, muy al contrario, requieren del realismo, el pragmatismo, la negociación y el acuerdo político, nacional e internacional.

Y Donald Trump es el último ejemplo de esta visión populista de la política. Una vez más, la diferencia está aquí en que Estados Unidos es la democracia consolidada más vieja y más grande de las hoy en día existentes, y en que en su discurso no se incluye como objetivo la superación del sistema democrático representativo vigente, sino, muy al contrario, su reafirmación en sus valores más prístinos, frente a quienes -en su interpretación- lo ponen en peligro con sus políticas. Y ese discurso ha calado entre los ciudadanos norteamericanos, los cuales -más allá de sus exabruptos sexistas y xenófobos- han visto en él una más sólida defensa del sistema político vigente. Sistema que, como se les ha dicho y ellos parecen haber asumido, se encuentra en peligro por la presión de fuerzas exteriores -la inmigración irregular, los acuerdos comerciales internacionales, que han traído la deslocalización de empresas y el desempleo- y de políticas nacionales de difícil encaje en el sistema -las políticas sociales, la asistencia médica nacional, etc.

No estamos en los años 20 o 30 del siglo pasado, es verdad, pero ¿qué ocurriría si las elecciones en Francia las gana Marie Le Pen, en Holanda, Geert Wilders, en Alemania Alternative fur Deutchsland, o en Italia Beppe Grillo, como ya las han ganado Viktor Orban en Hungría, Vladimir Putin en Rusia, o Donald Trump en los Estados Unidos?