Las Provincias

Empresario

De buena mañana, el estupor. Sentado en el borde de la cama, mientras la cabeza va haciendo conexiones, intentas entender que ha pasado lo que nadie quería que pasara aunque todos sabíamos que estas cosas pueden pasar. Bueno, reflexionas, al menos en el artículo del martes dejaste dicho algo sobre una América profunda que nada tiene que ver con la de los hipsters con Iphone de Chicago y Nueva York.

Un rato después, cuando todo se ha confirmado, sale en televisión Donald Trump, el electo y resulta que parece otra persona. Que no dice patochadas ni vomita bravatas contra los mejicanos, las mujeres y la pobre Hillary Clinton. Incluso resulta que hace un discurso aséptico y conciliador. Y que, además de felicitar a su contrincante, le tiende la mano para restañar heridas y le ofrece --estamos en el minuto dos de un nuevo presidente-- trabajar juntos para reconciliar al país y lograr la unidad.

«Jamás. En la vida hemos visto eso en la política española», anoto en mi diario secreto. Pero el monstruo del flequillo resulta que sigue hablando y decepciona a millones de espectadores del mundo porque ya no come niños crudos. Habla midiendo lo que dice. Y me llama la atención que se refiera, enseguida, a la renovación de unas infraestructuras -carreteras, canales, puentes, autopistas- que en muchos casos, es verdad, lo has visto y se lo has oído decir a los amigos de allá, están como se las dejó Eisenhower a Kennedy. Tomo una nueva nota: «Cemento y empleos: la otra cara de Roosevelt». Y en efecto, el temido Trump habla de crear trabajo y de volver a hacer grande a su país; que resulta ser, apúntalo también, lo que la gente quiere oír de verdad en Estados Unidos después de una crisis de la que no se han repuesto todavía.

«He aprendido mucho viajando», dice el elegido. Y resulta que a lo mejor ha ganado las elecciones a fuerza de asimilar las quejas de los cosecheros de arroz de Tejas y Luisiana; o el sufrimiento por los bajos precios de las judías, los garbanzos y las lentejas en estados del Medio Oeste, desconocidos por el turismo europeo, donde una plantación de maíz puede ser como media provincia de Valencia.

Las bolsas no bajan mucho y el elegido da la impresión de hablar para Wall Street mientras piensa en la responsabilidad que asume. De modo que el ogro casi se disculpa al decirle al mundo que procuraremos no olvidarles, pero que lo nuestro, los problemas internos, las inversiones en casa, los empleos y oportunidades domésticos, van a tener prioridad, ustedes perdonen. Así es que en Europa ya nos podemos ir preparando para cambiar la partitura porque este hombre, aunque no hará casi nada de lo que dijo y no podrá realizar ni la mitad de lo que intente, va a cambiar algunas cosas. En la radio no sé quién, dice algo que también me apunto: «Es que Trump es un empresario».