Las Provincias

El rincón de pensar

Cuando un político apela a la reflexión, me produce hasta ternura. En pleno debate sobre los deberes de los niños en la escuela, Ximo Puig usa esa metáfora tan entrañable del «rincón de pensar». Se refería el President de la Generalitat a la situación del PSOE y explicaba, así, su objetivo prioritario: «Ahora se exige reflexión y después acción». No puedo estar más de acuerdo. Ése es el orden. Sin embargo, su deseable hoja de ruta se enfrenta a las urgencias de quienes piden un congreso pronto -incluidos sus correligionarios-. A ellos el secretario general del PSPV-PSOE les decía con resignación: «los ciudadanos nos han mandado al rincón de pensar». El rincón de pensar es una fórmula amable en la línea de esas corrientes pedagógicas que demonizan el castigo y promueven otros sistemas más positivos de conseguir que un crío se comporte debidamente. Desde que se inventó, las broncas extemporáneas fueron sustituidas por un autocorrectivo: «vete al rincón de pensar y revisa qué has hecho mal». Es una manera de promover la autocrítica de modo que el niño no reciba simplemente un chaparrón sino que sea capaz de examinarse y averiguar por sí mismo sus errores para poder corregirlos. El problema se plantea cuando el chaval no cae en la cuenta o tiene tanta cara dura que no se ve en la obligación de autopunirse. Hace unos días, sin ir más lejos, hubiera mandado a unos despreocupados padres al rincón de destripar por mostrarse incapaces de pegar un grito a sus pequeños salvajes mientras lograban que el restaurante pensara seriamente incluir el Lexatin en la carta de postres. Esos necesitaban el rincón de abroncar, sin duda.

Aplicar la metáfora al contexto político puede generar el mismo efecto. El castigo es una imagen que seguimos utilizando para los partidos políticos porque ya tienen, de natural, un autoconcepto muy elevado. Ciertamente, su situación no es la de los infantes, delicados y en edad de crecer sin traumas. Aquellos sí pueden soportar lo que sea, por ejemplo, que los votantes los castiguen en las urnas, como solemos decir cuando pierden el poder o bajan de apoyos de forma notable. La sustitución de la imagen del castigo por el rincón de pensar es muy distinta en este contexto. En el de los niños supone incorporar una educación en positivo capaz de potenciar la autonomía personal, en cambio en el mundo político es una cesión que no comporta demasiado beneficio. Los partidos solo entienden el castigo. Suena a rancio pero es así. Es verdad que eso mismo decían los progenitores en el siglo pasado para referirse a unos pequeñuelos inocentes e indefensos. Nadie hubiera podido convencer de lo contrario al viejo Fagin cuando maltrataba a Oliver Twist. Sin embargo, entre políticos ambiciosos y pícaros, el rincón de pensar es poco menos que el recreo para un colegial. Un espacio donde fumar a escondidas y reírse con sus amigotes sin que les vean los profes.