Las Provincias

QUEBRADOS CATÓDICOS

Antaño sólo se aplicaba la categoría de juguete roto a esos púgiles que habían recibido demasiados golpes porque no les permitieron retirarse a tiempo. Esa última jugosa bolsa, ese último combate que les coronaría hasta la cima, esa última oportunidad donde luego, por desgracia, les machacaban otra tanda de neuronas. Urtaín, Perico Fernández, Poli... Marionetas manejadas por desaprensivos que se forraron a su costa. Chicos de la calle rodeados de parásitos, incapaces de asimilar la fama y los billetes.

Al menos, el cuadrilátero y la atmósfera a linimento pregnando las paredes de los gimnasios dirigidos por viejos con aire de Cus D'amato (el descubridor de Tysson), consiguieron inmortalidad gracias a escritores agudos, véase Budd Shulberg. Nuestra moderna sociedad, tan fina, tan delicada, tan burriciega, desprecia la nobleza del boxeo porque ignora el supremo esfuerzo y la técnica que mana de ese deporte. Sólo ve los hostiones, y no es eso. Sin embargo, rara vez posamos nuestra exquisita mirada sobre esos otros juguetes rotos que brillaron fuerte en el universo catódico. La Veneno, aquel travesti o transexual catapultado a la gloria gracias a los programas basura de Pepe Navarro, está en coma. La Veneno adquirió celebridad rotunda gracias a su lengua procaz, a sus opiniones atrabiliarias y, sobre todo, a sus enormes tetas de plástico. Las enseñaba todas las noches y a una parte del público aquella ambigüedad de género, ¿era un hombre o una mujer?, se conoce que le hipnotizaba. Quemaron su imagen porque su recorrido no daba para más. Carne de usar y tirar. El olvido la amortajó. Le perdimos el rastro hasta hoy, de nuevo en los papeles por su coma. Pero la legión de quebrados catódicos no tiene quien glose sus desdichas porque la televisión supone un dudoso material para forjar buena prosa.