Las Provincias

Yo lloro, tú lloras, él llora

Hay que ser muy hipócrita, y tener pocas luces, para seguir pensando que llorar es cosa de mujeres y que las barricadas las gobiernan los hombres. Mientras Pedro Sánchez dejaba su acta de diputado entre sollozos, abatido y aniquilado por la fallida estrategia que él mismo y para sí había trazado, a algunos cínicos sólo se les ocurrió la fulgente idea de desempolvar el machismo más rancio. «No llores como una mujer lo que no supiste defender como un hombre», le abroncaron sin pensárselo dos veces, porque de haber reparado en la prepotencia de tal afirmación, quizá (sin dejar de creerlo) se hubieran dado cuenta de cuán importante es el silencio. Como seguramente tampoco se percataron, siquiera, del marcado tinte histórico de la declaración. O sí.

Aquella tarde las redes sociales volvieron a ser altavoz de los fósiles del Pleistoceno (y no necesariamente en masculino) que siguen atrincherados en el designio de que las batallas las libran y diseñan los más machos. Esos mismos que estiman que la brecha salarial de género existente en España, y que araña el 20%, es simplemente una cuestión microeconómica del azar, de diferencias generacionales, o de grupos profesionales. Exactamente los mismos que volvieron a asaltar esa plaza, ahora llamada 'internet', amparados bajo un cutre seudónimo, para cargar contra Rajoy por hacer lo mismo que antes había hecho Zapatero con Carme Chacón: entregarle la cartera de Defensa a una mujer. Idénticos cavernícolas a aquellos que todavía hoy colean y defienden que el orden natural de las cosas es que en primera fila de combate esté un hombre y que, como mínimo, no lagrimee. Pero no, detrás de un gran hombre ya no hay una gran mujer, ahora está delante. Ya lo ha evidenciado Hillary Clinton en la interminable riña americana, pese a que también llore.