Las Provincias

Capital de la República

Recuerdo la celebración del 50 aniversario de Valencia, como capital de la II República. Las actividades que se llevaron a cabo entonces, en particular una gran exposición. Igualmente recuerdo que aquella conmemoración no provocó grandes desencuentros ciudadanos. Sí, claro, hubo personas que se sintieron ofendidas, pero tanto el ayuntamiento como la Generalitat lograron llevar a cabo su legítimo empeño sin levantar ampollas. A fin de cuentas lo que se celebraba era algo irrebatible: el hecho histórico de que Valencia fue la capital republicana durante un año, y que aquí vivía el presidente don Manuel Azaña, en el palacio de Benicarló, hoy sede de les Corts. Y que aquí estaban los ministerios, y los poetas, y las esperanzas, cada vez más decrecientes, de una victoria sobre las tropas llamadas nacionales.

Pocos escenarios más auténticos y literarios a la vez que aquella Valencia llena de espías soviéticos, de militares, de comisarios políticos, de soñadores, de brigadistas, de emociones y pancartas, de manifestaciones y artistas, de llantos y despedidas de soldados que iban al frente. De cine y teatro, de bares donde tomaban café Hemingway o Ilia Ehremburg. Todo un mundo de anhelos y mitos que tuve la fortuna de conocer de primera mano en la palabra memoriosa de Ricardo Muñoz Suay, en nuestra largas charlas en el edificio Rialto, cuando terminábamos de trabajar y nos dedicábamos a hablar de la Valencia republicana, muy en especial del congreso de intelectuales de 1937. Una Valencia que daría para varias novelas, pero que parece que nadie se anima a escribirlas.

Mientras tanto, los políticos hicieron lo que pudieron, que entonces no fue poco. En aquellos años ochenta el Ayuntamiento de Valencia, con el alcalde Ricard Pérez Casado al frente, estuvo regido por humanistas. Por personas que iban por delante de la sociedad, abriendo camino. No solo en la gestión del urbanismo y los equipamientos, que también, sino en el diseño de una ciudad más culta. Pero de una cultura con mayúsculas, sensible y reveladora, y no de la cultura del relumbrón, que esa sí que es de minúsculas. La celebración de aquel cincuentenario fue ejemplo de esa actitud.

Treinta años después no deberíamos caer en ridículas provocaciones, y en aún más ridículas reacciones histéricas. Se trata de recordar, tanto tiempo después, una verdad que existió: aquella capitalidad republicana. En 1986 vivían muchos protagonistas de aquellos tiempos; hoy apenas unas docenas de personas. Y curiosamente, parece que ahora es más difícil que entonces celebrar en democracia un hecho que, pese al tiempo transcurrido, aún sigue honrando la memoria de esta gran urbe mediterránea. Una ciudad que es de todos, y a la que todos tenemos algo que aportar.