Las Provincias

El arte de lo posible

Se le atribuye a Cánovas del Castillo, quizás el político más brillante -y sin duda el más influyente- de todo el diecinueve español, la que tal vez sea la más acertada definición de qué debiera entenderse por política. «La política -decía el malagueño- es el arte de aplicar en cada época de la historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible».

Esta visión de la política como «el arte de lo posible» hizo que Cánovas fuera visto por sus seguidores como un ejemplo de hombre de consenso al precio de que sus detractores le achacaran una ambición de poder ayuna de principios. Pero aun así, esa desacomplejada apuesta suya por el equilibrio entre los principios ideológicos y las circunstancias del momento, sigue resultando válida hoy. Y es que hacer política sin tener claros e interiorizados los principios a los que uno se debe constituye un repudiable ejercicio de cinismo; pero tratar de ajustar a toda costa la realidad cotidiana a las estrictas categorías de una determinada ideología puede acabar incluso peor: abocándonos al horror del totalitarismo.

Naturalmente, no traigo esta reflexión de Cánovas a humo de pajas. Y es que tengo la sensación de que nuestros partidos se mueven cada día más hacia los dos extremos antes apuntados, alejándose progresivamente de ese saludable posibilismo al que aludía el que diseñó a partir de sus tesis el periodo de estabilidad más duradero de nuestros dos últimos siglos de historia.

Para Podemos, en un extremo del arco parlamentario, no cae una hoja del árbol sin que haya una explicación dogmática para ello que nos remita indefectiblemente a las insalvables contradicciones del capitalismo, cuando no a las oscuras conjuras de sus esbirros. Su discurso político -plagado, eso sí, de alusiones al pueblo- se sitúa en un plano estrictamente ideológico, carente las más de las veces de toda relación con los problemas reales de quienes dicen representar y, en consecuencia, incapaz de hacerles frente. Mientras que para el Partido Popular, en sus antípodas, el problema parece ser el contrario: ni el más veterano de nuestros politólogos sabría explicar en menos de mil palabras cual es la ideología de los populares. Diríase que más allá de algunas vacuas alusiones al humanismo -desposeído, hace ya mucho, del adjetivo 'cristiano'- o a un proyecto común de país -que a nadie se le ocurra decir "patria"- a veces llamado España, lo que les mueve es la simple voluntad de salir al paso de los problemas cotidianos de la mejor manera posible -equilibrar el presupuesto, paliar el déficit, garantizar las pensiones.- pero sin que haya un proyecto político sólido, coherente y a largo plazo.

¿O tal vez soy yo el único que cree que a la izquierda española le sobra fanatismo, mientras que a la derecha le falta un claro fundamento ideológico -o si acaso lo tiene, el valor de manifestarlo sin complejos- en el que anclar sólidamente su agenda reformista?