Las Provincias

Urnas

En el verano de 2015 ya era oficial que Donald Trump emprendía la carrera hacia la Casa Blanca, de modo que los hispanos iban en romería y se hacían fotos, con el dedo corazón bien tieso, haciendo peineta descarada sobre el perfil de la Torre Trump de Chicago, en la orilla del río. Días después, en la Torre Trump de Nueva York, más de lo mismo: los hispanos se quedaban fuera, para hacerse la foto irritada y burlesca contra un empresario que ya lanzaba bravatas contra los inmigrantes ilegales. Pero dentro, entre mármoles jaspeados y cascadas, Trump vendía pelotas de golf y discos, libros y corbatas, que tenían muy buena acogida entre otras personas, muchas, que no eran latinas.

Cuando se acerca la hora de la verdad en Estados Unidos, cuando te haces, como en todo año bisiesto, la pregunta de por qué no nos dejar votar en unas elecciones donde parece que están en juego más cosas que cuando votamos a Sánchez o Rajoy, empiezo a recordar caras y vivencias norteamericanas. Y me acabo preguntando a quién votará aquella muchacha que explicaba la vida dentro de un submarino, el dependiente de la ferretería de pueblo en Vermont o el muchacho que trasegaba langostas de la barca al muelle en un puertecito de Maine. ¿Qué votarán esas personas? ¿Qué va a mover hoy a los americanos? ¿Cómo se va a dirimir el voto a lo largo del país? ¿Funcionará el asunto por edades o influirán los géneros? ¿Pesará más el ambiente rural o el urbano? ¿Votan realmente todos los latinos que viven en Estados Unidos?

La desilusión y el hartazgo de la política convencional, el empobrecimiento como secuela de la crisis, el imperio de los lenguaraces y groseros, la supremacía del marketing y el triunfo de lo televisivo cobran vida. Convertida en 'reality show', la política toma derivas inesperadas: el populismo nuevo frente a los defectos de siempre. Los dos candidatos son muy malos, dice la gente, pero uno tendrá que ganar.

Dudas hasta el último minuto, en una campaña insólita en la que uno de los candidatos es un inquietante peligro internacional. Pero cuando el digital del periódico cuelga un mapa del inmenso continente llamado a las urnas, te das cuenta de que, a lo largo de tu vida, apenas has tenido ocasión de dar saltitos en cuatro o cinco puntos, allá y aquí, y que los estados visitados, casualmente, son todos de tradición demócrata. El peso republicano, nos dicen, está en esa América profunda que tanto se desconoce; en los Wyoming, Nebraska y Idaho que quedan fuera de las rutas turísticas y periodísticas convencionales. Son sociedades forjadas con otra mentalidad, con rituales políticos y sociales distintos, con diferentes formas de entender y aceptar el catálogo de problemas del siglo XXI que suponemos representa a Occidente.

Así es que cunde la impresión de que los asuntos que se debaten hoy en Estados Unidos están demasiado lejos de Europa. Y es cuando cruzas los dedos.