Las Provincias

Pierde Xàbia, gana Dénia

Pierde Xàbia, gana Dénia
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Publicado en la edición impresa del 6 de noviembre de 2016

Así de simple. Y de escasito. Lo poco que puede decirse del nuevo gobierno de Rajoy desde la óptica valenciana es que pierde Xàbia y gana Dénia. Por decir algo. Sigue sin haber valencianos en el gobierno mariano, como en 2011, pero al menos entonces nos salió la pedrea de García-Margallo, asiduo de Xàbia como lugar de descanso, que ahora se queda sin el grado de plaza periférica conectada al Madrid del Gran Poder. Entiéndase la tristeza de la ironía. Esa condición residual se mueve hasta la vecina Dénia, donde veranea el titular de Justicia, Rafael Catalá. Al que, viéndolas venir, ya le echó el ojo el rico del lugar, Adolfo Utor, dueño de Balearia, en cuanto se dio de bruces con el golpe de suerte de tener por vecino a un ministro del Reino de España. El cielo es para los osados y una ocasión así -caída del mismísimo cielo- no se desaprovecha, máxime si uno con la empresa ya asentada persigue el honor y la gloria de ver su foto en los periódicos. Y si arde en deseos de que lo reclamen de aquí o de allá, igual da para presidente de Coepa, que socio de la CEV o el sueño imposible de verse como sustituto de Vicente Boluda en AVE, aprovechando que la afiliación de alicantino cotiza al alza desde hace algún tiempo para ocupar esa plaza.

Rajoy, ya se sabe, no atiende a cuotas. Ni cuotas ideológicas, ni territoriales. Pero las cuentas están ahí, se consideren o no. Y en el nuevo ejecutivo hay andaluces (4), madrileños (5), castellanos (2) y un cántabro, un catalán y un gallego (el propio Rajoy). El presidente se repite siempre en lo mismo, él procura hacer el gobierno de los mejores, independientemente de las cuotas. Un argumento de principio irrefutable. Pero que nos lleva a una pregunta inquietante, ¿cómo es posible que entre los mejores de Rajoy no haya nunca nadie talentoso de cuna valenciana, pesando Valencia todo lo que pesa en materia económica y demográfica? Convendría averiguar si es un problema del que elige, del propio Rajoy, o del que ofrece, o sea del PP valenciano. Pero las cuotas territoriales no son inocuas, conllevan una enorme influencia sobre las decisiones. El AVE llegó a Sevilla antes que a Barcelona porque el presiente del Gobierno era un sevillano, la soberbia ampliación del aeropuerto de Málaga obedece a su paisana y ministra Magdalena Álvarez, igual que Galicia no hubiera visto su AVE sin José Blanco y Ana Pastor en Fomento; no digamos lo que han reportado a Cataluña las cuotas decisivas de sus diputados nacionalistas para lograr las mayorías parlamentarias. En síntesis, las cuotas cuentan.

El líder del PP ignora igualmente las históricas sensibilidades internas del partido; aquella división entre cristianos, liberales, conservadores, centristas y demás. Al Gobierno ahora sólo se llega por la senda del marianismo. Recuérdese que García-Margallo, cargado de retranca y prevención, se hacía calificar en público como marianista-leninista. Su último gobierno deja a Rajoy en la posición de más presidente que nunca. Sobrevolando a todos y sin necesidad de tirar del áspero estilo aznareño, ha diluido la fuerza individual de sus ministros, restándoles competencias, redistribuyendo funciones y equilibrando los poderes subalternos con liderazgos parejos y enfrentados en el área política (Cospedal y Sáenz de Santamaría) y económica (Montoro, De Guindos y Nadal). Rajoy en estado puro.

Que nadie lo dé por un político en la recta final de su mandato. Tiene anuladas todas las líneas de sucesión. Si de él depende la legislatura será larga y luego ya se verá. La incertidumbre es tanta que no se debe anticipar un próximo horizonte electoral. El PSOE tiene tales dificultades internas que no cabe descartar un espíritu de colaboración superior al que aparentarán. Los socialistas necesitan tiempo y que se apague definitivamente la llama sanchista, más desacreditada que nunca después del testamento autoinculpatorio que el exsecretario general hizo a Évole donde vino a confesar sus malas intenciones, presentándose ya de forma descarada como un subalterno de Pablo Iglesias y los podemitas.

A falta de un valenciano real en el Gobierno, bien podemos fabular con el concepto de un valenciano virtual, una especie de personificación del valenciano medio, ese personaje imaginario que en todos los países simula el carácter de sus gentes y la representación de los intereses del territorio. Llámese Juan Español, llámese John Smith, Tío Sam o la Marianne de los franceses. ¿Qué esperaríamos de ese valenciano, digamos Dolors Ferrer o Vicent Sanchis, si estuviera sentado en el Consejo de Ministros?: 1) Promover un nuevo sistema de financiación que acabe con la discriminación valenciana, sabiendo que no se conseguirá con un acto de fuerza sino mediante una hábil negociación con el conjunto de las autonomías. 2) Procurar la equidad del reparto inversor para que la Comunitat deje de estar por debajo de la media nacional. 3) Sensibilidad y respeto hacia un territorio clave y leal dentro de los contrapesos autonómicos, aparte de granero fundamental de los votos del centro derecha. 4) Complicidad para saber aprovecharse del tirón de la Comunitat como motor de la economía nacional, siendo uno de los puntales de la recuperación de la actividad y el empleo. 5) Protección al sistema de valores mayoritarios de los valencianos y firmeza sin complejos frente a los desmanes de los tripartitos gobernantes en materia educativa y en los ataques a la simbología identitaria.

Y ¿qué podemos esperar del Consell de Ximo Puig ante el nuevo gobierno del PP? Tiene dos opciones, reincidir en el combate o probar con la colaboración. Lo fácil resultará volver a la estrategia de la confrontación y el victimismo. Reeditar episodios pasados contemplando un mero cálculo electoral. En realidad, el gobierno del PP devuelve la agenda política a la Generalitat tras salir de un año en funciones y con las manos atadas. El Consell ya tiene otra vez un enemigo con el que batirse y al que desplazar todas las responsabilidades. Es un terreno ya trillado. Podemos y Oltra presionarán hacia esa vía, como único camino de Puig para ser perdonado por su participación en el descabezamiento de Sánchez, tan próximo a la izquierda radical. Pero la ciudadanía poco sacará de esa guerra. Nada en realidad. La infrafinanciación se enquistará, la sanidad entrará en colapso por su incapacidad presupuestaria y aquí acabaremos con los pies fríos y la cabeza caliente, con una deuda inasumible, una televisión pública para guerrear y el discurso viciado e inoperante de la voracidad de las «elites centralistas». El otro camino es colaborar. Sin entregarse. Sacar partido de la relación con Susana Díaz, que sabrá ordeñar las posibilidades de la coyuntura, extender la alianza con Murcia y Andalucía, aprovechar a los nuevos interlocutores gubernamentales para crear un clima de entendimiento. Y sobre todo creerse que Valencia, una vez que Cataluña se ha echado a perder, lleva las papeletas para liderar el espacio mediterráneo español en su amplio sentido, como un jugador exitoso del tablero nacional, en lugar de conformarse con ser un mero fortín ideológico y desamparado.