Las Provincias

RASGARSE LAS VESTIDURAS

Le preguntaron el otro día al presidente de una cooperativa citrícola valenciana qué le parecía que el acuerdo CETA, entre la UE y Canadá, permitiera que en aquel país norteamericano perviva el registro de las marcas propias Orange Valencia y Valencia Orange, cuando lo pactado es que se respeten allí las denominaciones de origen europeas. Una de ellas es la IGP Cítricos Valencianos, que tiene registrada la marca Naranja de Valencia; o sea, traducida, Orange Valencia, para la que se ha hecho una excepción en el acuerdo.

El dirigente cooperativo echó balones fuera y lo más que dijo en claro es que el mercado de Canadá tampoco es de los más importantes para nuestra citricultura, por lo que no cabe gran preocupación.

Lo habitual en estos casos no es que se minusvalore nada, no hay mercado pequeño y la suma de muchas cosas menudas hacen el total. ¿O no estamos constantemente con lo de la saturación de los mercados tradicionales y la necesidad de abrir otros nuevos? Entonces, ¿por qué considerar que no importa perder opciones?, por pequeñas que se consideren a priori. Canadá no es, precisamente, un país pequeño, y está entre los más ricos, luego pide calidad y la paga bien. Sin embargo, tanto en Canadá como en EE UU, las exportaciones valencianas de cítricos se están dejando comer el terreno. Crecen las ventas de las clementinas de Marruecos en Norteamérica y bajan de año en año las españolas.

Pero, claro, qué va a decir un presidente de cooperativa cuando su propia empresa, ni ninguna otra entidad cooperativa, se ha querido acoger a la marca Naranja de Valencia que ha creado la IGP Cítricos Valencianos. Qué más les da, pues, que en Canadá haya o no registrada una marca igual que pueda representar competencia usando impropiamente la denominación de Valencia.

A diferencia de otros dirigentes agrarios, no del orden comercial, los presidentes de cooperativas no han puesto el grito en el cielo por lo de Canadá. No les interesa lo de Naranjas de Valencia, luego no les inquieta lo de Orange Valencia.

Muy diferente a lo que han hecho al respecto La Unió de Llauradors y AVA-Asaja. «Que Canadá no use la marca Valencia», han proclamado. Y en Ottawa han debido ponerse a temblar. Digna costumbre, muy valenciana, la de rasgarse las vestiduras enseguida que aparecen sensibilidades a flor de piel: la paella no puede llevar chorizo, las fallas son exclusivamente nuestras, no se debe permitir que otros usen el nombre de Valencia; las cosas sagradas no han de emplearse en vano.

Mejor nos iría que se pusiera igual énfasis en lo práctico de verdad; por ejemplo en propiciar que se sumaran muchos comerciantes y cooperativas a la iniciativa de la marca Naranja de Valencia, único modo real de valorar bien lo que todos dicen que quieren tanto. Pero no, se rechaza lo efectivo y se apuntan a las fáciles palabras sensibles. Una constante.

El caso es que la marca Valencia Orange (y al revés) la tiene registrada la multinacional norteamericana Procter&Gamble (con sede en Ohio) para un zumo industrial. Y lo más seguro es que lo de usar Valencia no tenga que ver directamente con nuestra ciudad, sino que se refiera a la variedad de naranja que, desde finales del siglo XIX, lleva dicho nombre, sin ser de origen valenciano. Ya entonces nos pillaron la marca.