Las Provincias

LOS PODEROSOS

Gracias a la simpática y nueva política hemos retrocedido hacia los conceptos básicos que alimentaban nuestra infancia. Así, el mundo, de una manera simple que empapa nuestras jacarandosas emociones, se divide entre buenos y malos, o sea entre «la gente» (los buenos) y los malos (los poderosos). Esta separación tan evidente nos libra de supuestas cavilaciones que no son sino manías de burgués y nefastos vicios.

El impagable Ramón Espinar acusa a «los poderosos» de ventilar su sabroso juego especulativo. Los poderosos, según él, no soportarían su liderazgo podemita en Madrid. Lo que ignoro es si en esta categoría de «poderosos» incluye a su señor padre y a la tarjeta black de su señor padre. Pero, fruslerías de este calibre al margen, se me antoja entrañable su toque infantil así como su insensata petulancia. Por supuesto que en este mundo existen poderosos que desde las bambalinas manejan los hilos para provocar tendencias, pero un tipo atropellado y disparatado como Espinar me temo que les preocupa bien poco. Espinar, aunque se crea la releche, carece de relieve para esos poderosos porque no es más que un mindundi atacado por una extravagante empanada mental. Los podemitas son una especie de bromazo puntual y, desde luego, no tienen tanta importancia como ellos se creen. Disfrutan de esos warholianos cinco minutos de gloria. Hunden su bagaje cultural en el humus de 'Juego de tronos', esa historia de espadas, dragones y rubias con las tetas al aire, y en la nostalgia de karaoke del 'Operación Triunfo' con cobra bisbaliana. De ahí la ramplonería que les lleva a dividir la galaxia entre «la gente» y «los poderosos». Si hubiesen degustado las pelis de Ford o Peckimpah entenderían que los matices abundan. Pero exigirles conatos de filigranas sería demasiado pedir. Los poderosos, uhh, qué miedo.