Las Provincias

NOU MESTALLA

Hubo empujones y tortas, literalmente, por asomar el morro y conquistar la posición idónea para salir en la foto ganadora. La que mostraba al aspirante a la inmortalidad estratégicamente situado tras un presidente de la Generalitat pletórico de juventud y poder, una alcaldesa imbatible y un constructor de renombre, máximo dirigente de la entidad más importante de la Comunitat Valenciana, en el momento preciso de levantar el tapete y descubrir el suculento pastel. En plena vorágine de la burbuja inmobiliaria, del fasto superfluo y el gasto desmesurado, colocar la cabeza entre empresarios y políticos aceleraba la adquisición del mejor salvoconducto hacia un éxito asegurado en el mundo de los negocios. El escenario así parecía augurarlo. Se cerró al público un carísimo museo futurista para albergar la celebración. Se gastó lo indecible para dar al acto el lustre que, a juicio de sus organizadores, merecía. Se vendió la iniciativa, a través de un enfoque propagandístico y oficialista, no como la de una empresa privada sino como el triunfo de una sociedad, la valenciana de comienzos del XXI, sobre sus ancestrales complejos y fantasmas. El fútbol, en realidad, era lo de menos.

Vista con la perspectiva de los diez años pasados, aquella instantánea de la que ahora muchos querrían borrarse ha adquirido tintes dramáticos. Sus protagonistas han sido apartados de la escena con una crueldad superior a la que suele permitirse el escritor de ficción: un expresidente prematuramente envejecido y retirado de la política por la sombra de la corrupción; una exalcaldesa que vio minada su extraordinaria popularidad en cuestión de meses; un constructor arruinado como consecuencia del fútbol; un club en franca desvalorización deportiva, vendido y copado por capital extranjero; una claque ahora muda que esconde con disimulo, como puede, su participación en el festival del ilusionismo y el derroche. Y una maqueta, sueño ya imposible de ejecutar tal y como se planificó, que es la metáfora perfecta -otra más- de los años en los que los valencianos atamos los perros con longanizas compradas en carísimas tiendas gourmet.

En aquellos días, sin embargo, salir en la foto moviendo los labios en dirección a los que mandaban representaba el summum de lo chic, la manifestación palpable del triunfo personal. Y cualquier negativa a tragarse la pildorita era respondida automáticamente con actitudes que iban desde la indiferencia hasta el franco desprecio. ¿Quién quería quedarse en el viejo, el auténtico Mestalla pudiendo dar un pelotazo y alzar un estadio reluciente en una zona de expansión de la ciudad? ¿A quién le importaba el pasado teniendo un esplendoroso futuro asegurado por delante? Ante esa perspectiva y la repetición como un mantra de que éramos alguien en el mundo -creencia indisociable del proyecto de nuevo recinto deportivo que se presentaba- era más fácil ponerse de tiros largos, tomarse unas copas a cuenta de no se sabe quién y salir en la foto aparentemente feliz, despreocupado y lo más cerca posible de los políticos y la maqueta de Fenwick. La que anticipaba, con sus ríos y acequias en la carísima cubierta, lo que se inauguraría bajo el nombre de Nou Mestalla en marzo de 2009: el «hito arquitectónico de la Valencia del siglo XXI». «Un campo cinco estrellas». «El mejor estadio del mundo».

Una década después de aquella noche de noviembre, amargo recordatorio de los tiempos en los que vivimos muy por encima de nuestras posibilidades, el Nou Mestalla sigue siendo una promesa incumplida. Un sueño de nuevo rico inconcluso. Y lo será, según lo anunciado por Lay Hoon durante la junta del viernes, al menos hasta después del centenario del club, más de diez años después de la fecha estimada de fin de las obras. Un decenio en el que el esqueleto de hormigón (con los anclajes caducados en 2011 y reforzados para evitar un desastre) ha dado, y seguirá dando, una tétrica bienvenida a los visitantes que llegan a la ciudad por la pista de Ademuz. Llegados a este punto, con la vista puesta en la presentación de tan faraónico proyecto, uno no puede sino dar por buenas sus intuciones del momento: que el Valencia se adentró en la operación de cambio de estadio sin necesidad alguna, impulsado por el ansia de saciarse, aun sin necesidad de comer, ante una mesa repleta. Y que aquella supuesta lluvia de oro, de la que tanto se hartaron de hablarnos, no era sino lodo que acabó por tragarse el discurso simplista y facilón con el que trataron de convencernos de que nos sumásemos a la fiesta.